Ernesto Maruri Psicólogo Clínico Pamplona Orientación Psicoanalítica
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SUPERNANNY Y PADRES SUPERIGNORANTES
(2006)

En “Supernanny” (Cuatro TV), una psicóloga convive varios días en una familia aleccionando a los padres para que eduquen mejor a sus hijos (de dos a diez años). Es un programa muy valioso tanto por lo que enseña como por lo que no enseña a los padres. También por el reflejo que nos devuelve de los problemas actuales en las familias y de los modos más extendidos de abordarlos.

Las primeras emisiones han coincidido en mostrarnos: Niños que se han adueñado del poder. Padres y madres con grandes dificultades para ejercer la autoridad, poner límites, hacerse obedecer, soportar las insatisfacciones de sus hijos, delegar ellas en sus maridos, no hacer por sus hijos lo que estos pueden hacer, dejar que vivan las consecuencias de sus actos, hacer caso omiso de las conductas conflictivas, apaciguarlos de otra manera que no sea enchufarlos a la tele (en el salón, en la cocina durante las comidas, en el dormitorio), no acceder a las demandas en forma de rabietas (una madre, ante las protestas de la hija de cinco años, retira hasta tres bocadillos para calmarla con otro que la hija exige). La familia está en crisis de autoridad. El recorte al “goce” sin límite de los hijos, es ejercido muy precariamente por padres y madres. Y los hombres, los padres que aparecen, no sólo están muy poco tiempo, sino que se implican escasamente cuando están (sobre todo el del primer programa, que al llegar por la noche se apoltrona en el sillón frente a la tele, y que cuando supernanny le dice que tiene que participar más, se queja: “¿Y mi tiempo libre?”). La ley del padre flaquea. ¿Y qué lugar de deseo le otorga este padre al hijo

Supernanny (superniñera, traducido) observa y comunica a los padres lo que hacen mal. Al día siguiente, pega en la pared una cartulina blanca con una lista de normas. Durante unos días, les enseña a aplicarlas. Después, se ausenta unos días dejando las cámaras para constatar cómo lo hacen. Regresa, les indica los fallos en que han reincidido y se marcha dándoles unas hojas con el trabajo realizado. Han transcurrido unas dos semanas y los padres la despiden muy contentos por lo aprendido y los cambios logrados, declarándole su propósito de mantenerlos.

Las normas indicadas son adecuadas y necesarias. Y el aleccionamiento a los padres para ponerlas en práctica, produce resultados inmediatos y beneficiosos.

Hasta aquí, lo positivo e instructivo, que hace que merezca la pena ver el programa. Sin embargo, para que estas luces resulten más útiles, ampliemos el punto de vista y atendamos también a las sombras.

Imaginemos a Supernanny con capa roja, embutida en licra azul de cuello a pies, con una S roja en el pecho, investida de superpoderes y no advertida de la existencia de la kriptonita (cuyo contacto la tornaría humana).

Llega como una sabelotodo y arenga a los padres con todo lo que tienen que hacer, tratándolos como unos superignorantes descerebrados. Ni siquiera confecciona con su cooperación la lista de normas. Les da todo hecho, y, ¡hala!, a seguir al pie de la letra las instrucciones. Les da los peces, pero no les enseña a pescar. Es el imperativo del mínimo esfuerzo con el espejismo de resultados inmediatos. No les enseña a pensar por sí mismos, lo cual es gravísimo. ¿Y las próximas veces que tengan dificultades? ¿Y cuánto durarán los resultados obtenidos?

Los hijos no se apenan por su marcha, no: se despiden alborozados. ¿Acaso desean que se vaya? En un “Supernanny” de otro país, al poco de irse la psicóloga, el hijo les soltó a los padres que como se habían ido ella y las cámaras, volvería a hacer lo mismo de siempre.

El problema es que no se cuestiona a los padres por lo que les lleva a tener conflictos con los hijos. Para efectuar un cambio sólido, es necesario acceder a ese saber que albergan dentro de sí aunque no se den cuenta. Por ejemplo, ese primer padre que no hace casi nada, al que supernanny ordena que colabore más con sus hijos. Mientras ese padre no se pregunte por el lugar de deseo que confiere a su hijo, mientras la madre no indague en sus propias dificultades para consentir la entrada de ese padre... Hasta entonces, los cambios serán pasajeros: al poco, repetirán los automatismos.

Otro ejemplo: esa madre que hemos visto conceder una y otra vez los caprichos que su hija exige con rabietas, hasta que no se percate de que no lo hace por aliviar a su hija, sino por aliviarse a sí misma ante lo insoportable de los llantos de la niña, no podrá cambiar. ¿Por qué ella no tolera la insatisfacción de la hija? A medida que encuentre respuesta a esa pregunta y a otras, podrá poner en práctica los límites necesarios, pero no por que le digan únicamente lo que tiene que hacer.

Vean “Supernanny” y, al día siguiente, lean el capítulo “Autoridad y tiranía” del libro de C. Mathelin: ¿Qué le hemos hecho a Freud para tener semejantes hijos? (Paidós). Comprobarán la diferencia. A los padres no se les ayuda sólo con recetas: así se les daña. Hace falta que también se pregunten por cómo ocupan el lugar de padre y de madre, cómo es la relación de pareja y cómo influye en los hijos, qué deseos han puesto en los hijos, cómo viven que un hijo los decepcione, qué les sucede con la propia agresividad, a qué tienen miedo, qué problemas no resueltos con sus propios padres retornan inconscientemente en sus hijos, a qué están dispuestos a privarse si aplican la ley, qué leyes no se aplican a sí mismos y por qué, qué les ensordece para escuchar lo que hay debajo de las llamadas de atención de los hijos: una demanda de amor...

Es un camino más largo que el que propone supernanny, pero no por eso deja de ser apasionante. Sólo sabiendo más de uno mismo se podrán llevar a cabo cambios relevantes y duraderos.

Diario de Noticias, Navarra, 14-3-2006



Post Scriptum (2007):

Tras el éxito de "Supernanny", desembarcó "S.O.S: Adolescentes", con igual tratamiento de los problemas. Cuando una chica se queja a la psicóloga de algo que no puede cambiar, recibe esta contestación: “Nada, nada, nada es imposible”. Nos venden una psicología todopoderosa, omnisciente y casi omnipresente en nuestra sociedad.

En un programa de "S.O.S: Adolescentes", la chica presenta una fobia a colarse por el desagüe de la bañera. La psicóloga reacciona obligándola a realizar aproximaciones sucesivas. No hay una escucha del síntoma.

Pero lo más grave radica en que estos niños y adolescentes son tomados como muñecos de feria expuestos públicamente, como objetos gozados para la mirada de los otros. La chica del desagüe podrá ser el hazmerreír de sus compañeros de clase.

Los síntomas han de ser tratados en la privacidad de una consulta. Que un adulto acuda a "Gran Hermano" o a uno de esos programas de testimonios de conflictos personales, allá él. Pero un menor ha de ser protegido de ser sometido (aunque se cuente con la aquiescencia de los padres) a la venta pública de sus síntomas. Estos programas dañan al menor y a sus padres. Son iatrogénicos, es decir, anticurativos. Y lesionan la ética. Incluso podría plantearse si incurren en un delito contra los menores.
2006

Ernesto Maruri Psicólogo Clínico Pamplona Orientación Psicoanalítica