Ernesto Maruri Psicólogo Clínico Pamplona Orientación Psicoanalítica
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RAMIRO PINILLA Y LA ESCRITURA: UNA COMPILACIÓN
(II-2016)


PRÓLOGO


Muestro aquí una recopilación de lo que en 53 años ha dicho Ramiro Pinilla sobre su escritura. Digo dicho porque Pinilla ha escrito muy poco sobre su escritura y su obra; sobre todo, lo ha hablado en conversaciones, entrevistas, presentaciones de sus obras y conferencias. Sólo conozco cinco breves escritos suyos sobre su obra: los prólogos a las reediciones de Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera en 2007 y de Las ciegas hormigas en 2010; el comentario al pasaje predilecto de toda su obra (perteneciente a Las ciegas hormigas, 1961, apartado 21, “Josefa”, de la parte VI) en 2012; y dos textos anteriores (una Autocrítica de En el tiempo de los tallos verdes en 1970, y una presentación de Huesos en 1997). Además, escribió varios prólogos a obras de otros.

         En junio de 2000, le pregunté (mejor dicho, el compilador le preguntó) por primera vez por qué y para qué escribía. Mostró falta de interés tanto por responder como por reflexionar sobre su escritura. El compilador percibió displicencia en la respuesta (“No lo sé. ¿Para qué saberlo?”): desagrado ante la pregunta e indiferencia por pensar en ella. ¿Para qué plantearse por qué y para qué escribir? Lo importante es escribir si quieres escribir, y punto.

         Año y medio después, en enero de 2002, durante una reunión en su taller de escritura, con una sonrisa traviesa desde su sillón orejero verde, con la boina en el regazo y la calva centelleante, dijo mirando al compilador:

         -Ahora lo sé. Ya sé por qué escribo. Pero no es por qué, es por quién.

         Y pronunció cuatro palabras. Con eso bastaba. Pasaba de dar más vueltas a la cuestión. Setenta y nueve años había necesitado no para alcanzar esas cuatro palabras sino para que las palabras lo alcanzaran a él.

 * * *

          Casi dos años después, en octubre de 2004, escribió en la dedicatoria del tomo 1 de Verdes valles, colinas rojas: La tierra convulsa: “Ahora sé por quién he escrito siempre”. En las primeras entrevistas tras la publicación, se negaba a revelar quién era, como si decirlo destapara un secreto muy íntimo, un secreto que había permanecido secreto tanto tiempo para él mismo. Y desde que lo desveló en una entrevista, ya no paró de decirlo.

 * * *

         Ante el corro de los escritores del taller, luego de una interrupción, soltó las cuatro palabras:

         -Escribo por mi madre.

         El compilador repreguntó:

         -¿Y por qué por tu madre?

         -Escribo por mi madre. Nada más. No busques más.

 * * *

          A partir de la publicación del tomo 1 de Verdes valles, colinas rojas, después de 33 años de ostracismo hacia su obra, le llegaron lectores, premios y entrevistadores. En entrevistas y charlas, amplió las reflexiones sobre su escritura y contó vivencias como escritor.

         El compilador le decía que en psicoanálisis el paciente es un escritor (oral) y el psicoanalista es un lector del texto inconsciente del paciente. Y le preguntó si escribía para ahorrarse un tratamiento psicoanalítico. Dijo: “Tengo todos mis problemas resueltos por mí mismo. Conozco todas las raíces de mis problemas” (risas de los dos). Sin embargo, preguntaba con asiduidad al compilador en su condición de psicoanalista, sobre qué dice el psicoanálisis acerca de la locura y cómo trata a los locos. Y recordábamos el final de su novela Seno (1972):

         “María trató por todos los medios de impedir que su familia se marchara. (...) Con el alma partida los vio alejarse (...), y tras ellos las dos mujeres con sus críos (...) resignadas a no comprenderlos jamás, por ignorar que unos hombres sentenciados a errar en el desamparo por una tierra creada exclusivamente para utilizarlos, por haber aceptado el reto de las nostalgias más profundas que acechan a todos los hombres, no podía tener otra conclusión que la locura”.

 * * *

          Además de lo referente a la escritura, para comprenderla mejor incluyo sus palabras acerca de obras y personajes, y sobre hechos de su vida.        


         Ahora, la COMPILACIÓN, por orden cronológico:


RAMIRO PINILLA GARCÍA

(13, IX, 1923 - 23, X, 2014)


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Cuatro horas diarias durante tres años y medio, he estado trabajando en Seno.

         Es una obra loca, hecha de fantasías de las que luego no queremos acordarnos cuando nos despertamos por la mañana.

         Me presenté al premio [Planeta, en el que queda finalista con Seno; inmediatamente después del fallo, en el hotel donde se anuncia durante la cena, hace estas declaraciones] con el pseudónimo de José Antonio Zamurruza, que es un personaje de mi novela.

         Estoy desilusionado. Se trata sólo de una votación y acepto deportivamente el fallo. (…)

         El tema de Seno es la soledad. Es una novela de hombres, una familia de varones que siente la necesidad de la mujer.

         Una buena razón que me hizo presentarme al premio es el millón cien mil pesetas. Además, constituye un medio para publicar lo que uno escribe. (…)

         Lo que importa es escribir. (…)

         Las novelas las hago de cosas que siento, no de cosas que veo. Esta es una obra de imaginación. Creo que debe cambiar la forma de narrar para vernos libres del realismo pobretón que se ha estilado. El fondo no puede cambiarse: son los eternos problemas del hombre. (…)

         Yo quiero transformar las frases vulgares sin traicionarlas, dándoles un tono y un ritmo, no una hojarasca superflua.

         A mí me gusta seguir la obra a base de ideas, no de palabras. (…)

         Si una novela no vale, un premio no sirve de nada. (15-X-1971)

         [José María Gironella, el ganador, no está presente en el fallo porque se repone en casa de un accidente. El periodista Tico Medina dice a Ramiro y al cronista de La Gaceta del Norte (Pedro Lozano Bartolozzi), que conoce la dirección de Gironella. Ramiro propone visitarlo. Parten los tres en taxi. A las 2 de la madrugada, el sereno les abre el portal. Suben hasta el ático.

         Escribe el cronista: “Hay que tocar varias veces el timbre. Ramiro expone su temor de ser inoportuno”.

Se identifican, la mujer de Gironella se pone un batín y les abre.

Continúa el cronista:

“Entramos en el piso. Gironella nos recibe en la alcoba, sorprendido y emocionado.

         -Estoy acomplejado, no sabes cómo agradezco este gesto, siéntate aquí, en la cama -le dice a Pinilla.

         -Creo que es la primera vez en la historia de los premios literarios que el autor que obtiene el segundo puesto venga a felicitar a su casa al ganador.

         La observación la ha hecho Tico Medina, mientras Gironella dice a Pinilla que no se desanime, que todos hemos pasado por ese trance y que lo importante es seguir escribiendo.

         (…) Salimos a la calle. La noche está apacible y fresca. Hay que celebrar con Ramiro su indudable triunfo y nos vamos a tomar unas copas. (…)

         Una noche loca, como decía Ramiro”.]

[Declaraciones de la noche del 15 de octubre de 1971, cuando se falla el premio Planeta en un acto público en el hotel Ritz de Barcelona. Gironella, una celebridad de las letras, que vendía mucho, ya publicaba con Planeta y había sido jurado del premio en cuatro ediciones (1955-58).

En la cena, tras el fallo, José Manuel Lara, presidente de Planeta, le metió a Ramiro 5.000 pesetas en el bolsillo para el viaje de vuelta. Le dijo: “Sigue escribiendo, que tienes madera de escritor”. Cuando semanas después, le envió el cheque del premio, había descontado las 5.000 pesetas. Décadas más tarde, Ramiro decía con ironía: “Como si yo necesitara la aprobación de Lara para escribir”.

Lara no publicó Seno a la vez que la ganadora para que no le hiciera sombra. Cuando se publicó en abril de 1972, cinco meses después, vendió muy poco. “Mi obra nació muerta”, decía Ramiro. Años después, Lara vendió a Ramiro ejemplares que él puso en circulación con una nueva sobrecubierta de su editorial Libropueblo.]

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Portada en Planeta

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Portada en Libropueblo - Herriliburu

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Que nadie llame fantasía (o irrealidad, o locura, o ficción, o fábula, o ilusión, o prodigio o sueño) a La gran guerra de Doña Toda [novela, 1978], porque es un relato compuesto de absolutas realidades. (…) Doña Toda no vive hechos más increíbles, por ejemplo, que los que ocurren a diario en esta predemocracia. [Empieza así: “Doña Toda Garzea quedaría en la memoria de las generaciones como Señor de Vizcaya y Pariente Mayor, Juntero de las Juntas de Gernika e incluso Patriarca, porque también antepuso su apellido a los de sus esposos para que los Garzea siguieran siendo los Garzea. Llegaría a controlar los mundos religioso, militar y social de medio País y a pesar doscientos kilos. Tanta iba a ser su necesidad de sentir cerca la mar, que al cumplir los cien años la empezó a pedir, y tres décadas después su hijo Ombeco, de noventa y dos años, viajó con una expedición a la costa y le trajo una ballena oliendo a salitre. Sufriría en la torre de los suyos un asedio de cincuenta y siete años, cinco meses y once días, y tendría sesenta y nueve hijos, casaría veinticuatro veces y se comería, uno a uno y por hambre, a sus veinticuatro maridos, pero a sus trece años se había enamorado como una flor”. Y así acaba: “Sator Baskardo descubrió a la enorme anciana de doscientos kilos aplastando un sillón de troncos reforzados, fumando ruidosamente y pidiendo cada cinco minutos y con voz de niña que le trajeran el mar, y al percibir las primeras ondas del salitre de la ballena pidió que la pusieran en un alto (…). (…) estuvo muriéndose feliz a lo largo de un mes, sin dejar de aspirar el hedor a mar de la ballena; (…) moría Doña Toda sin cerrar los ojos, para, muerta, poder seguir viendo la ballena, pues una vida empedrada de supercherías le había impedido ver la verdad de la mar”.] (Texto del reverso de la portada.) (IV-1978)


Portada de La gran guerra de Doña Toda


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Contraportada

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Libropueblo es un intento de tratar al libro y a la cultura desde un enfoque distinto. [Ediciones Libropueblo - Herriliburu es una editorial creada en Getxo por Ramiro Pinilla y José Javier Rapha Bilbao. Publican el primer libro (escrito por ambos) en febrero de 1978: Proceso, anatematización y quema de una bruja en un ensayo general (obra de teatro estrenada en 1971 en Sitges), a 55 pesetas. Publican libros escritos por ellos mismos y por otros. Cada autor corre con los gastos de edición, distribuye y vende los libros a precio de costo (los gastos se desglosan en la última página: “Las cuentas de Libropueblo”). Venden los libros en la calle en mesas conjuntas en varias ciudades y pueblos, sobre todo en Bilbao y alrededores. La editorial dura seis años. El último libro data de 1986: Verdes valles, colinas rojas, vol. 1, de Pinilla.]


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Son dos nuestras metas: alcanzar un mayor estrechamiento entre el artista y el pueblo, en bien de la populariza.ción de la cultura; y ofrecer a este pueblo libros no a precio de negocio, sino a precio de costo. Entendemos, pues, que la cultura no debe ser comerciable. [Después del libro nº 2 (La gran guerra de Doña Toda, de Pinilla), publican a otros escritores. Y una particularidad llamativa: las portadas de los cuatro primeros libros, al menos en su primera edición, sólo incluyen el nombre y logotipo de la editorial, el número del libro (que ocupa la mayor parte del espacio) y el precio. Para saber el autor y el título, hay que dar la vuelta al libro: figuran en la contraportada junto a una ilustración.]

Libropueblo no es la respuesta ideal al problema de la socialización del libro. No es más que un intento de denuncia. Sin dinero, sin medios, sin organización, tratamos de demostrar que los libros no tienen por qué ser tan caros. Todos sabemos que si el libro, en imprenta, cuesta cien pesetas, cuando llega al público ya se ha puesto en cuatrocientas. Con el valor de las trescientas pesetas de diferencia no se ha producido nada, pues en nada se ha mejorado el libro. Quisiéramos dejar bien claro que no estamos denunciando a editores, distribuidores o libreros, sino denunciando un sistema social de mercado que permite una mercantilización tan abusiva de un producto cultural. (…)

Todo escritor tiene legítimo derecho a cobrar y vivir de sus libros. Pero también, a exigir que estos libros se hallen al alcance del lector, de todos los lectores. Se trata de convertir la cultura en algo familiar. Y no sólo los libros, sino también los que los hacen. Más que profesión, el escribir debe ser comunicación. Y a los precios actuales, el libro deja de ser comunicación. [Última publicación de Libropueblo - Herriliburu: Ramiro Pinilla, Verdes valles, colinas rojas - vol.1, 1986.] (13-IV-1979)

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Mi madre, Margarita, murió en 1963. Mi mujer, Begoña, había sido internada en una casa de salud un mes antes. Una de las constantes en mis temas es el desamparo de los hombres, la soledad.

         Antes de estas pérdidas, en 1960, había ya escrito Las ciegas hormigas, historia de un hombre sin Dios, una confesión de mi propio pensamiento, un canto al coraje del hombre que es capaz de imponerse a todas las adversidades, a todos los vacíos, abandonos y soledades, para seguir siendo un hermano para con los demás hombres.

         Veinte años después, sigo amando cuanto vive y cuanto muere sobre la tierra, me preocupa el futuro incierto de la Humanidad, y en los últimos años he abandonado mi agujero para trabajar solidariamente por una sociedad mejor para todos. (...)

         Veraneábamos [con los padres y el hermano] en Algorta, en un caserío encima de la playa de Arrigúnaga. En este sentido descubrí la Naturaleza, el sentido de la Libertad. (...) Arrune, ese caserío. (...)

         La Guerra. Penuria. Estudios gratuitos en la Escuela de Trabajo: Maestría Industrial. En seguida, Náutica, y a navegar dos años. ¿Por qué no se advierte a los estudiantes de Náutica de lo que es vivir sobre el mar? Yo pude dejarlo a tiempo. Dos amigos de esta época (...). (...) Yo era el único soso.

         A su tiempo, me enamoré varias veces como un idiota, y me casé con la última, Begoña, en 1951. Tres hijos: Bego, Rami y Davi. En 1957 nos construimos una casita de campo en Getxo, Walden, en la que aún vivo hoy. Con viento favorable, oigo desde ella el ruido de la mar contra aquella playa de Arrigúnaga.

         He sido un escritor de maduración tardía. Hasta 1960 no escribí una novela, digamos, para una mente adulta. Antes, relatos policíacos, algún mal guión para el cine, alguna obra de teatro muy flojilla. Las ciegas hormigas constituyó un rompimiento con todo lo anterior. La influencia de William Faulkner fue decisiva para mi construcción interior como narrador. Descubrí “la forma”, la importancia de un determinado tratamiento para cada tema. Descubrí el encanto de no decir las cosas directamente, sino a través de los objetos y los movimientos de los personajes, manteniéndolas en una lejanía que acrecienta su misterio.

         Luego vinieron El salto y En el tiempo de los tallos verdes, publicadas en orden inverso. El salto es una obra ambiciosa, pero frustrada. Intento meter en ella la lucha de clases y la evolución darwiniana, y sólo lo consigo a medias. Mi única justificación es que la escribí a lo largo de unos años muy dífíciles para mí, familiarmente.

         En el tiempo de los tallos verdes es un amplio relato, con fondo policíaco, donde reincido en la visión del mundo desde la perspectiva de un niño de trece años [Asier]. En Las ciegas hormigas ya había ensayado este tratamiento. Es una novela que se lee con agrado, creo.

         Poco después, leí Cien años de soledad y supe que lo hecho hasta entonces no había sido escribir. Quizá fuera narrar, introducir ideas, pero no escribir. Descubrí que no basta contar cosas, sino que había que contarlas dentro de una tensión y un tono especiales del texto, dentro de una economía de palabras, de una incesante y superabundante acumulación de ideas, de contenido. No se trataba de esquematizar, sino de adensar el texto, saturándolo de elementos nuevos a cada paso. En fin, algo no utilizado hasta entonces. Esto, claro, no deja de ser exagerado, pero, yo, en mi trabajo de elaboración de mi nuevo lenguaje, me agradó entenderlo así.

         El primer resultado fue Seno, una obra muy costosa (tres años y medio y cinco redacciones). En ella introduje, por primera vez, la locura, la desmesura. Es un relato en el que todo cabe, por muy demencial que sea. Había descubierto que el más eficaz instrumento para explicar la realidad es la fantasía. A medida que se avanza en la escritura de Seno, se advierte, creo, una mayor seguridad del escritor. Fue, sencillamente, el aprendizaje de un nuevo lenguaje. Hoy [1980], lo siento mío, poseo un instrumento propio muy distante del modelo del que partí, y me he olvidado de Cien años de soledad. Aspiro a hermanar este nuevo lenguaje con la épica de Faulkner.

         Luego vino Recuerda, oh, recuerda, cinco relatos sobre un mundo vasco que estoy construyendo, la primera noticia sobre él y la estirpe de los Baskardo.

         Siguió Historias de la guerra interminable, las primeras, porque vendrán más. Es un racimo de cuentos alrededor de nuestra guerra.

         La gran guerra de doña Toda es la primera novela que publico con mis medios, en Libropueblo, una pequeña editorial fundada por J.J. Rapha Bilbao y yo, con el propósito de sacar libros a precio de costo, sin beneficio económico, y de promover el intercambiuo autor-lector, y, para ello, nos vamos con una mesita y una pancarta a venderlos en la calle. (...)

         Ahora soy comunista. Siempre lo fui, pero sin saberlo. Quiero ayudar a traer una nueva en la que los hombres no tengan necesidad de odiarse para sobrevivir. (...) ¡Traigamos normas nuevas, leyes más justas para la convivencia entre los hombres!

         Actualmente trabajo en una novela larga [Verdes valles, colinas rojas], que me llevará tres años [le llevará más de veinte, y será muy larga], acerca del mundo nacionalista y del socialista. Una novela saga de familias y muchos personajes. Es una nueva aproximación a ese mundo vasco del que hablo. Excepto uno [Antonio B, el Rojo], todos mis libros pertenecen a Getxo y alrededores. No podría escribir de otro mundo. Y todos mis futuros libros serán igual [lo cumplirá].

         El escribir consiste, no tanto en saber lo que hay que poner, sino en saber lo que hay que quitar. [Autobiografía breve] (Cuatro páginas escritas en 1980 para el libro 100 vascos de proyección universal originarios.) (Publicado: IX-1981.)

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La única fórmula para aprender a escribir es escribiendo. (1982)

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He intentado que Huesos (1997) sea una inmersión en la sociedad vasca estremecida por el horror de aquella guerra [civil española] y su posguerra. Una dolorosa situación capaz de generar el mayor de los miedos humanos a un vencedor implacable, pero también el mayor victimismo vasco alimentado por una tradición moderna de usurpaciones. Pienso que en esta diferencia en entender la cosa vasca se encuentra la desdicha de nuestros males actuales. Hubo sangre, dolor, sufrimiento, persecución, humillación... padecidos, en igual medida, por los dos grandes polos que fueron aquí derrotados: nacionalismo y socialismo, patria vasca y revolución, mundo viejo y mundo nuevo. Todo esto fue arrasado por Franco.

         En Huesos, esto no está a la vista, pero está. Los dolores humanos están unificados, nadie ondea banderas. Sólo hay personajes que ven cómo pasan los años, pero no el horror. Y ocurre que uno de los personajes parece sentirse más el mismo cuanta más persecución acumulan sobre él, como si eligiera para su realización un victimismo eterno.

         A los personajes de Huesos no les queda otra salida que actuar como seres humanos para alcanzar su propia dignificación. Con ello quiero decir que no muestro la Euskadi de las banderas, sino la Euskadi humana. Y es humana porque es la única opción que le quedaba entonces, derrotadas ya las ideologías, las banderas y sus enfrentamientos cuando formaban parte de un mismo ejército combatiente. Y derrotada, incluso, la traición de una de las partes de este ejército. (¿Quién traicionó? Buscad en nuestra olvidada historia. Buscad bien). Y derrotado, también, el triste espectáculo de las dos Euskadis. Hoy, aquí, ahora, la Historia se repite, incluso a tiros. En Huesos, sus personajes esperaron hasta el final de la guerra para comportarse, simplemente, como humanos. No esperemos nosotros hasta el final de esta guerra, para que no nos caiga encima otra derrota para todos. [De Huesos se vendieron 100 ejemplares desde su publicación en 1997 hasta que Pinilla salió del ostracismo en octubre de 2004 con la edición del tomo 1 de Verdes valles, colinas rojas.] (1997)


Donostia - San Sebastián: Bermingham Editores, noviembre de 1997

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Ahora sé que escribo por mi madre. (I-2002)

[Ganó su primer premio literario a los 19 años en un concurso radiofónico. Se pedía un retrato de 15 líneas. Le premiaron el de Escarlata O’Hara, la protagonista de Lo que el viento se llevó. Le dieron un vale para unos zapatos, que regaló a su madre: “Los suyos estaban más viejos”.]

         [En la dedicatoria del tomo 1 de Verdes valles, colinas rojas: La tierra convulsa, editado en Tusquets, X-2004, escribe: “Ahora sé por quién he escrito siempre”. En ese momento, aún no quiere hacer público que es por su madre.

         Verdes valles, colinas rojas, comienza con una madre (‘ama’, en euskera):

“Ama dice:

-No, nada de cestas de comida. ¡Nuestra tierra es pródiga!”.

Sin embargo, autoeditó este primer volumen en Ediciones Libropueblo - Herriliburu, Getxo, 1986, con cuatro páginas anteriores a ese inicio (suprimidas por el autor en la edición revisada de 2004). Empezaba con un hombre que se dirige a su mujer:

“Camilo Baskardo: -¿Qué sacas de tu maletín? ¿La Biblia? ¿La Biblia en nuestra noche de bodas?

Crstina Oiandia: -Quiero que jures algo sobre ella”.]

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Es mi último gran resuello. Ahora, ¿qué va a ser de mí? [III-2002, al terminar, después de 22 años (la comenzó en 1980), los 3.111 folios del manuscrito original (escrito con bolígrafo BIC) de la novela Verdes valles, colinas rojas. Los guardó en una bolsa de basura en su antiguo gallinero; dos años después, los ordenó en cajas archivadores.]

[La saga de los Baskardo en Getxo (que en parte discurre en el libro mencionado) aparece por primera vez con la publicación en 1975 de ¡Recuerda, oh, recuerda!, libro de cuentos que escribió en 1974. Narra sus peripecias desde el origen de la vida sobre la Tierra hasta mediados del siglo XX. Otras obras con los Baskardo: Primeras historias de la guerra interminable (1977), La gran guerra de Doña Toda (1978), Andanzas de Txiki Baskardo (1980), Quince años (1990), y Huesos (1997). Hasta 2002, ha durado 29 años escribiendo la historia de los Baskardo.]

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Humor y lenguaje, pilares de toda gran literatura. (...) Las personas y sus actos no serían penetrados hasta su auténtico ser si prohibiéramos el humor. Por ello, las dictaduras y sus vates son tan tristes. El humor debería ser incorporado a los derechos humanos. Todos guardamos en lo hondo zonas sagradas muy queridas: pues ni ellas deben librarse del humor. El humor es la gran respuesta de la humanidad a su destino natural, la muestra de coraje que despliega el hombre para proclamar su irreductibilidad, pues podemos ser derrotados pero no vencidos. Una literatura sin humor es la más patética muestra de cobardía. (…)

         El narrador debe agarrar bien fuerte el hilo (de acero, a poder ser) de la tensión, y no soltarlo hasta el punto final.

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En esta novela [Verdes valles, colinas rojas] expongo mi visión del mundo a través del mundo vasco. Hay una parte de ficción y otra mítica. (...). He inventado un mito que tiene su origen en la playa de Arrigúnaga, en Getxo y, puestos a mitificar el pasado, he procedido como los griegos, que novelaban a sus dioses pero no creían en ellos. He sublimado el delirio pero con los pies en la tierra. Y, cómo no, también con sentido del humor que considero es la respuesta de la humanidad a su destino natural. En definitiva, me he lanzado a tumba abierta, sin medidas, ni de tiempo ni de espacio. He convertido a los protagonistas en protagonistas auténticos, por encima del autor. (VI-2004)

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¡Recuerda, oh, recuerda! es el huevo, la semilla de todo lo que vino después. Es el resumen de los Baskardo y de la esencia de Verdes valles, colinas rojas, sobre todo, del concepto de libertad. Identifico la libertad con un rebaño de llamas que invaden Getxo, sembrando el terror con sus indómitas carreras. Terror no sólo a una dentellada o a que les machacaran las puertas, sino que los habitantes de Getxo no entendían el mensaje de libertad que les traían: por eso las odiaban y las temían. Ese rebaño de llamas reaparece en Verdes valles... (...)


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Ediciones del Centro, Madrid, 1975


       Los Baskardo son la apoteosis de la libertad. Los individuos intransigentes que, desde el origen del mundo y la aparición del hombre sobre la Tierra, han mantenido la idea de que cuantos menos, mejor. Ellos, que hablan muy poco, dicen: “Nunca estaremos mejor que cuando estábamos pocos”. Aquella tribu crece, se multiplica y empieza a degenerar, a perder libertad. El árbol de los vascos no es el de Gernika. Es un roble que estaba en Getxo hace milenios, bajo cuya copa se podía reunir toda la tribu. Vivían en una sociedad bastante democrática, muy libre. Cuando la tribu se multiplicó, ya no cabía toda bajo el roble. Entonces, un espabilado inventó los intermediarios, los representantes, los políticos: ahí empezó a degenerar todo. El Baskardo, que era el más íntegro, el que no admitía componendas, cuando se da cuenta, comprende que el árbol ya no vale para nada porque han perdido la verdadera libertad del Principio. Arranca el árbol y lo tira por el acantilado. El Baskardo, intransigente, es el único de la tribu que considera que todos los inventos que han venido posteriormente menoscababan la libertad. En contra de los inventos, que siempre vencían, el Baskardo fue quedándose relegado. Hoy en día vive apartado en una covacha. No participa en nada de su comunidad. Le tienen miedo porque él representa la verdadera libertad, y todos los demás lo saben pero no lo quieren reconocer. Es intratable. No figura en ningún libro de censos. Esta última etapa del Baskardo está en Verdes valles.

         Verdes valles... ha sido una obsesión. Pasaban años y no la acababa. Creí que nunca la acabaría, que acabaría conmigo. Pero yo acabé con ella. Y ha sido un experimento. Al final, respiras y te das cuenta de que es lo que querías haber escrito. (...)

         En Verdes valles... he querido contar una representación del paso del hombre sobre la Tierra. No del vasco: del hombre. Le llamo vasco porque estoy aquí. Si hubiera estado en Groenlandia, serían esquimales. No distingo vascos de no vascos. Sólo el vasco como hombre, simplemente. Un novelista tiene que trabajar con el escenario, las costumbres, y aquí son vascos, pero no es determinante. La idea es el Hombre con mayúscula. (...)

         En Getxo está la playa de Arrigunaga [se pronuncia Arrigúnaga; es palabra del euskera, que significa ‘lugar de piedras’], a la que yo quiero mucho. Allí hice nacer la vida sobre la Tierra, que salió del mar en forma de 48 bichitos verdes. La gran libertad existió cuando estaban aquellos bichitos solos en la playa. Todo lo que vino después ha sido degeneración. (...) El salto de bichitos a homínidos y luego a humanos, es un salto hacia atrás, una degeneración. Mi visión de la vida humana es pesimista. (...)

       ["¿Te gustaría ser un bichito verde?] ¡Sí! Chapoteando en la orilla, extendiendo las patitas sin tropezar con nadie. Es un concepto de libertad muy elemental, pero me gusta. (...)

         En Verdes valles... se usan varios lenguajes y el punto de vista de varios personajes. Asier Altube y el maestro, don Manuel, cuando dialogan, usan un lenguaje literario, más culto. El lenguaje invisible lo empleo para personajes libres de literatura. Cuando habla un aldeano, es seco, directo, cuenta hechos con el menor número de palabras. El lenguaje invisible no estorba a la narración. Mi propósito es que el lector entre en la peripecia sin darse cuenta de que está leyendo. El conjunto de lenguajes forma mi lenguaje personal. Hoy ninguna de las fuentes de las que bebo, Faulkner y García Márquez, existen como tales. Hoy ya creo que existo yo.

Ganar el premio Nadal [en 1960] con Las ciegas hormigas [publicada por Destino en febrero de 1961] supuso una satisfacción. Con el dinero pagué la hipoteca de la casa. Pero me maleó un poco porque perdí el miedo a escribir durante unos años, y no hice nada interesante hasta que recuperé el miedo. [Meses después de Las ciegas hormigas, publica en 1961 El héroe del Tonkin, que después considerará una novela fallida que no quiere reeditar. Seis años después de Las ciegas hormigas, escribe El salto (que se publicará en 1975). En el tiempo de los tallos verdes (Destino, 1969), narrada por Asier Altube, es la novela con que recupera el miedo y las alas de la escritura.]  Llegué a pensar, sin saber que lo pensaba, que me sería fácil escribir. Tampoco me ayudó a seguir escribiendo pues yo tenía el propósito de seguir escribiendo siempre. (...)

Seno [novela finalista del premio Planeta de 1971] es la consideración de la mujer como centro del mundo. Es un canto al elemento femenino, a la madre, al parto. En mi familia he tenido mujeres de calidad: mi abuela, mi madre. (...)

         Yo había salido muy escaldado de las malas relaciones con los editores, no solamente con Planeta y Destino. No quería empezar de nuevo la guerra de enviar un original [después de publicar Seno en Planeta en 1971]. Para evitar esto, como me gusta mucho la tranquilidad, entregaba la novela a alguien próximo, aun sabiendo que no iba a tener ningún eco. Me gusta mucho la paz y la libertad, y era una forma de mantenerlas. (...)

No sé euskera. Me parece legítimo el no saber euskera y escribir en castellano. Es lo que he heredado. No lo he elegido yo. Más ninguneo habría recibido escribiendo en euskera. Pero no es ninguneo ni marginación: se me ha ignorado, yo creo que inocentemente. No me he sentido perseguido. He disfrutado mucho de mi silencio, de mi soledad, de mi paz. (...)

         Yo no olvidaré que he sido olvidado y marginado durante 30 años. He sido olvidado por editoriales, críticos, lectores, escritores. Todo el mundo literario me ha olvidado. Yo tenía libros escritos. No he sufrido porque lo he elegido yo. Ha sido un rechazo muy duro. No debo a nadie el haber escrito Verdes valles, colinas rojas. Son 18 años de trabajo [en realidad, 22]. Me lo debo a mí mismo. Ese esfuerzo solitario seguirá de aquí en adelante. Mi figura como escritor solitario la mantendré. No me estoy expresando bien. Me he metido en un lío con la idea. Quiero decir que no lo olvidaré. Tengo una pequeña deuda pendiente con el mundo literario e intelectual.

No lo vivo con rencor, en absoluto. Sentiría odio si lo hubiera sufrido, pero no lo he sufrido, lo he elegido yo, he estado muy a gusto. Pero ha habido una pequeña injusticia por parte de muchos. Es irremediable. Es un hecho natural que ha ocurrido. ¿Consecuencias? Que yo seguiré siendo el olvidado. Espero no aceptar de la sociedad cosas que me puedan venir ahora. Ha sido un esfuerzo totalmente personal, mío. Ninguna ayuda moral ni económica. Me consideraría traidor a mí mismo si yo ahora cediera este esfuerzo a la sociedad. Con la sociedad no tengo que compartir nada. Es un esfuerzo muy personal y muy agradable, en silencio, soledad y libertad. Pero no ha habido palabras de estímulo. Casi nunca he sido nombrado. Yo no he existido. Esto puede hundir a una persona más débil que yo. (...)

No me importa que casi todos mis libros estén descatalogados. El libro está hecho, tengo un ejemplar o dos de recuerdo, y si está en las librerías o no, me tiene sin cuidado. (...)

[El libro de relatos Primeras historias de la guerra interminable (1977), que suceden en la guerra civil y primera posguerra. Contiene dos cuentos extraordinarios: “Coro” y “Euskera ez”.] Son cuentos actualísimos de aquel tiempo maldito. Pero no lo reeditaría porque algunos de los cuentos son mediocres. (...)

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Luis Haranburu editor, Bilbao, 1977


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Tusquets, Barcelona, 2011. Reedición de sus dos libros de cuentos:
¡Recuerda, oh, recuerda!
(1975) y
Primeras historias de la guerra interminable (1977)

Escribo porque lo paso muy bien creando algo que no existe, a pesar del esfuerzo y de los malos ratos cuando la escritura no sale. ¿Para qué? Eso no tiene respuesta. No lo sé. Para ganar dinero, no. ¿Para que quede mi nombre, para la posteridad? Quizá, pero es una cosa tan nebulosa... Puedo tener sin darme cuenta yo ese deseo que es natural.

[“¿Escribir para no ir al psicoanalista?”] Pues a lo mejor. ¡No, no! No tengo problemas de psicoanalista. ¿Se puede decir que que tengo mis, todos mis problemas actua re [Sic] resueltos por mí mismo o es demasiado? [Ríe.] Es simpático y parece un chiste, pero lo creo. Conozco todas las raíces de mis problemas. [Ríe.] Eso es lo que pienso, estaré equivocado pero la verdad es que fijándome en cosas de atrás, digo: ¡Coño!, esto arranca de aquello. Y de ahí que, como tengo resuelto, tengo bastante equilibrio mental.

[“¿Qué relación hay entre tu escritura y el inconsciente?”] Mi escritura es muy consciente. Soy auténticamente consciente de todo lo que pongo: son datos reales dentro de mi cabeza. Todo el mundo necesita contarse a sí mismo. De ahí las tertulias. Somos animales comunicadores. El escribir es una forma de comunicar. (...)

[“Cuando te sientas morir, ¿pedirás una ambulancia para que te tienda en la orilla de la playa de Arrigunaga?”] De ningún modo. Moriré, si estoy lúcido, con tristeza. Diré a los míos que no esparzan mi semilla ni por la playa ni por el mar. Incinerado y fuera. Ni urna. Al vertedero de cenizas. [¿Esparcir su semilla? ‘Semilla’ en vez de ‘ceniza’: el principio y el fin que se dan la mano.] (...)

         Pienso en la muerte todos los días [dentro de una semana, cumple 81 años], pero no me da miedo, me da pena. Me da pena acabar porque yo estoy muy vivo todavía y eso, por la lógica de los números, no durará demasiado. Estoy bien y vivo, y me encuentro feliz en el mundo.

Lo de escribir es un accidente en mi vida. Mi vida ha ido por otro lado. El escribir no ha sido lo principal en mi vida, sino la familia, mis hijos, y la defensa de la libertad. El escribir ha sido una cosa marginal. Perfectamente podía haber dejado de escribir: sería el mismo. No sacralizo la escritura. He gozado con ella, alguna vez me ha salido bien, y nada más. Pongo en la dedicatoria de Verdes valles... [volumen 1, La tierra convulsa, X-2004]: “Ahora sé por quién he escrito siempre. Pero lo fundamental en mi vida ha sido otra cosa”. [Lo fundamental en su vida han sido dos hijos y una hija.] Es una especie de testamento: quiero dejar bien claro que la escritura no ha sido mi vida.

["¿Quién es esa persona?"] Prefiero no decirlo. [En entrevistas posteriores, hará público que es su madre.] (6-IX-2004)


Walden. 6-IX-2004

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Cuando escribía Seno, sentía la necesidad de confesarme todas las semanas. (IX-2004)

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Necesito Getxo en mi literatura porque mi infancia transcurrió entre Arrigunaga y La Galea. Esa es la única patria en la que me reconozco. Yo creo que la vida es una repetición hinchada de lo que te ha ocurrido hasta los diez años, y los míos los pasé allí. (...)

        Cuando empecé a escribir Verdes valles, colinas rojas [en la primera página del manuscrito anotó la fecha del día en que lo inició, en 1980], no creía que los personajes podrían dirigir al autor. Antes solía oír esto por boca de otros escritores y los tenía por gilipollas. Pero no señor, tenían razón. Los protagonistas me iban marcando qué necesitaba la novela. Si el libro es malo, la culpa es suya, y si es bueno, también. (13-X-2004)

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Lo que obstruye a veces es la condición de pequeño cabroncete que tiene el lenguaje: no te cuenta las cosas, sino que las sumerge y las envuelve en parábolas. Claro, dentro hay un tesoro y por eso insistes. (...)

         Escribir Verdes valles, colinas rojas me ha ayudado a congeniar mejor conmigo mismo. (...)

           La literatura ha sido un refugio, una forma de felicidad, pero nunca el centro de mi vida. (...) Lo más importante han sido mis tres hijos. (15-X-2004)

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Un folio al día es un triunfo. (...)

         [Para escribir necesito] sosiego, tener el espíritu en paz, como los santos. Necesito concentrarme y soy de difícil concentración, por eso necesito silencio y soledad.

         No es un absoluto placer escribir así, la labor de la escritura de un solo folio diario es muy dura, porque no sale casi nunca y hay que luchar mucho. (20-I-2005)

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A mí me gusta pensar que había más libertad en el hombre primitivo, aunque tenía al lado a los dinosaurios. (...)

         El libro [Verdes valles, colinas rojas] tiene mucho de pretensión de origen, de principio de los principios, de cómo empezó esto y lo otro. (...)

          La novela me ha mandado lo que había que hacer. (22-V-2005)

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Ahí triunfan los amores platónicos [en Verdes valles, colinas rojas]. Yo soy un enamorado del amor platónico. (...)

        Por desgracia, miro atrás. Ojalá no mirara. Cada mañana, en mi paseo, vuelvo a mis recuerdos más profundos. No puede evitarse, pero sería más feliz no haciéndolo. Siempre he renegado de los orígenes. Creo que me importaría un pito no saber quién es mi padre.

La vida es hermosa en sí misma. No es verdad que la muerte dé sentido a la vida. En los peores momentos, si me dejan solo, no soy desgraciado. Pero no puedes vivir bajo el mismo techo que te tortura, cerca del objeto de tu dolor. (...)

           En mis libros hay magia e imaginación. Pero yo nunca he estado en las nubes.(24-XI-2005)

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Yo no soy nacionalista ni antinacionalista. Pero soy no nacionalista porque el nacionalismo es insolidario, y con eso está dicho todo. Nuestro País Vasco vive un gran vacío de comprensión dentro de él mismo, por eso al recoger el premio Euskadi [en 2005 por Verdes valles, colinas rojas - I: La tierra convulsa] de manos del Lehendakari, me atreví a pedir comprensión hacia el otro. Yo soy sólo un contador de historias que al mover a mis personajes y darles libertad, lo he hecho con la esperanza de que, al menos, un solo lector reciba el pensamiento que impregna todo este relato: la comprensión hacia el otro. (...)

         Me hubiera gustado mucho hablar y escribir en euskera. (...)

         No necesito reconocimiento. (...) No tengo un deseo feroz de reconocimiento. (...) Cuando me dieron el Nadal y tuve que presentar el libro en Algorta, no pude decir ni una palabra. No tengo la pasta necesaria para promocionar mis libros.

         Siempre me han leído pocos y he escrito para ellos. Ahora parece que me leen más. Disfruto cuando una persona cualquiera dice que no ha podido dejar una novela mía y que le ha hecho llorar o que le ha conmovido. Se escribe para que alguien, de vez en cuando, te diga eso. (...)

         Mi inspiración es interior. Recreo mis eternas fobias: ateísmo, antinacionalismo... Mi visión del mundo no concuerda con la realidad. (...) Como nos resulta imposible ordenar el mundo endiablado que nos rodea, es bueno ordenar, al menos, el propio. Este intento general es el que me ha movido a escribir Verdes valles, colinas rojas. Y en esta tarea ocupa un lugar preferente mi idea de la libertad. La pobre libertad tiene demasiados enemigos y he pretendido delatarlos. (...)

         Mi necesidad de escribir ha existido siempre. (...) Enseguida descubrí que con un papel y un boli eres el dueño del mundo. (...)

         He trabajado de negro para biografías por encargo, a razón de una al mes, de 20 o 30 personajes famosos [Martin Luher King, Churchill, Pasteur, Lawrence de Arabia, Verdi, Edison...]. No era un trabajo de creación, sino auténticas chapuzas de las que me avergüenzo en las que no realizaba ninguna investigación: eran un refrito. Lo hice porque tenía que comer. (...)

         Amo mi tierra porque amo mi infancia. No podemos ultrajar la infancia convirtiéndola en un sentimiento político. Lo que prevalece en un individuo son esos años sagrados de la infancia y no la tierra en que se ha asentado. Es algo muy íntimo que podría haber ocurrido en cualquier parte del mundo. Me atrevo a llamar patria a la infancia, pero no conozco otras patrias. (...)

         A la vista de cómo me ha tratado la sociedad y me ha ignorado la crítica durante años, tenía que sospechar de lo que escribo, pero sigo escribiendo porque más que seguridad en mi literatura tengo seguridad en mí mismo. (...)

         Ante una injusticia, no cojo la pluma para denunciarlo en el periódico. Lo que veo lo sumerjo de forma pausada en mis novelas. (...)

        A mi juicio, mi mejor obra es ¡Recuerda, oh, recuerda! (1975), una especie de pequeño adelanto de todo lo que después he desarrollado en Verdes valles, colinas rojas que es, sin duda, mi testamento literario. (I-2006)

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Ni el dinero ni la fama ni la popularidad, yo no he buscado eso. La gran meta mía es llegar a hacer párrafos como yo quiero hacerlos, ese sueño que no siempre se alcanza… Tengo un libro de cinco relatos que es el origen de Verdes valles… Se titula ¡Recuerda, oh, recuerda! [1975] y ahí hay párrafos de esos. Leo este, el comienzo de El pez, uno de los relatos más bonitos que he escrito: “Llegaron a la costa con las pieles secas y las expresiones estragadas de los organismos que proceden del interior, y preguntaron dónde estaban las ballenas”. Es por conseguir la música de ese párrafo, por lo que escribo yo. (…)

        La publicación de Verdes valles, colinas rojas ha traído que mis hijos me empiecen a conocer, si no lo habían hecho antes. He conseguido que mis hijos vean qué es lo que yo he hecho por ellos, qué esfuerzos tuve que hacer para construir esta casa sin dinero, y qué coraje necesité para escribir durante toda la vida, a pesar de las dificultades familiares. Porque yo me he pasado aquí muchos meses, e incluso hasta un año o dos, sin escribir, por todas las dificultades que yo tenía. Pero la vena de escritor ha estado viva siempre. Y luego, cuando los hijos ya habían volado, dispuse de más tiempo y pude decicarme 20 años a Verdes valles... De manera que, finalmente, ahora se ve que mi vida ha tenido un sentido. Y el gran sentido de mi vida han sido los hijos, ellos han sido lo primero. Los libros han sido lo segundo, porque lo primero fueron siempre los hijos. Y eso lo empiezan a saber ellos ahora. Es muy peligroso cuando en la familia hay un artista. La familia tiende a creer que el arte de esa persona está por encima de todo. Eso es lo que se lee en la dedicatoria de Verdes valles..., aunque está un poco escondido. Una vez me lo preguntó mi hija, y yo se lo conté y ella se emocionó. “Ahora sé por quién he escrito siempre”, dice la primera parte de la dedicatoria. No para quién, sino por quién. Yo he escrito por mi madre. Yo quería dar la talla ante ella, por diversas causas e historias. Y luego añado: “Pero mi verdadero mundo fue otro”. Que no es la escritura, porque ese otro mundo mío verdadero fue siempre el de mis hijos, el de mi familia. Y eso yo quería que lo supieran ellos, y ahora ya lo saben. (26-III-2006)

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Acabaré La higuera en unos meses si me dejan los premios y los medios [la publicará seis meses después]. Yo, en realidad soy un Baskardo y estoy haciendo infinidad de concesiones. (2-IV-2006)

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Quisiera haber escrito este libro [Walden, de Henry David Thoreau] en vez de todos los míos, al que debo casi todo. (VI-2006)

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El lenguaje, cuando es invisible, llega al lector sin estorbos. No tiene descripciones, si describo algo es porque es imprescindible. Por ejemplo, es de noche. Y ahí queda; todo el mundo sabe lo que es la noche, un amanecer, el despacho de un abogado, de un médico; ¿para qué describir esas cosas?  Son lastres. El lenguaje invisible significa la eliminación de lo superfluo, que va directamente al grano. Cuando me sale una frase bonita, la tacho y empiezo de nuevo. Sólo quiero frases sustanciosas que digan dos o tres cosas a la vez. A mí me gusta respetar al lector y no me gusta vanagloriarme y decir: “mira, yo escribo bien y te lo voy a demostrar”. (...)

         Escribía lo que yo llamo “las biografías malditas”, unas biografías por encargo y para las que me daban tres meses; sin embargo, yo las acababa en uno porque ¡necesitaba tanto el dinero! Las hacía de cualquier forma, sin ninguna investigación, cogía dos o tres libros previos al personaje y los fusilaba (Risas). Únicamente he vivido de la literatura cuando gané el premio Nadal y lo utilicé para pagar la hipoteca de la casa. (...)

         El trato que recibí por parte de la Editorial Destino durante ocho o diez años después de recibir el premio Nadal fue horroroso. Por entonces yo entraba en la literatura, así que el contrato que firmé con ellos, pues ni lo leí. ¡Tenía tantas ganas de firmarlo! Y  luego me di cuenta de que era un contrato leonino. Hoy, han pasado 45 años y ese libro todavía lo tiene la Editorial Destino, y lo peor de todo es que no lo publica. Así que Las ciegas hormigas ha desaparecido del mercado, no existe. Igual ahora, aprovechando el tirón, ¡los sinvergüenzas de ellos lo publican! (...)

         ¡Es terrible! Al parecer, como ellos dicen que tienen cien ejemplares en su almacén, yo no lo puedo mover, y mientras dispongan de ejemplares de este libro en su almacén no tengo derecho a hacer ni una nueva edición ni a rescindir el contrato. Además, el trato que recibí de ellos era de desatención y desprecio; ellos decidían todo. Un día me consultaron algo: llamó José Vergés para decirme que querían llevar mi novela a la televisión; yo le dije que no, porque me pagaban una miseria, 15.000 pesetas, y que aquello era una burla. Bueno, me hicieron caso y no se hizo, pero al cabo de unos meses llaman al timbre de mi casa y cuando abro me encuentro a un director de una televisión alemana con todo el equipo de filmación diciendo que viene a hacer mi película. Llamo al señor Vergés y me dice: “Tú tranquilo, que está todo controlado”. La película se hizo y la debieron pasar por la televisión alemana, yo ya no me preocupé más. Bueno, esto y otras cosas hicieron que decidiera romper con este mundo porque, en definitiva, a mí me gusta mucho la paz y llevar las riendas de mi vida; por eso monté con mi amigo y también escritor Rafa Bilbao la editorial Libropueblo. Fue una locura, pero lo pasamos muy bien. Vivíamos una época de transición y pensábamos que saliendo a la calle se iban a arreglar las cosas. Pero los dos sabíamos que era un desahogo personal, que no tenía futuro. (...)

         Yo nunca me erigiré en ejemplo moral para la sociedad. En el caso de Günter Grass, el problema ha sido que él lleva toda la vida poniéndose como ejemplo de conducta histórica y eso es lo que le ha matado, porque si no hubiera sido así se habría olvidado su pertenencia a las SS.

         Cuando tenía yo 14 años, estuve a punto de entrar en las tropas franquistas. Era durante la guerra civil. Imagínate, nos ofrecían a todos los chavales pertenecer a las Flechas y Pelayos. ¡Y yo estuve a punto de entrar!  Eso sería hoy una mácula, pues hubiese estado durante  tres años  recibiendo consignas falangistas cuando yo lo único que quería era tener un fusil de madera y hacer un poco de instrucción y nada más. Quiero decir que hay circunstancias históricas en las que uno, sin querer, se siente implicado, pero al hombre hay que concederle sus virajes mentales, sus  virajes ideológicos y morales. La gente tiene que saber olvidar, y al final con Günter se impondrá el olvido. (9-XI-2006)

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La verdadera libertad es hacer pocas cosas o ninguna. (…)

            Las grandes cosas las ha hecho el hombre estando solo, no en grupo. (…)

         Ahora, ahora me está tratando bien el amor: ya era hora. Yo me quedé solo con los niños, por eso tuve que jubilarme y venirme a casa; y entonces, a raíz de mi matrimonio, le cogí mucho miedo a la relación de pareja. He estado 35 años sin pareja, pero ahora sí la tengo: me ha llegado todo al final, es como si empezara a vivir de nuevo. (…)

         Tuve muchos disgustos en casa [por la enfermedad de la primera mujer] y en día y medio se me cayó todo el pelo [que nunca recuperó], y es duro, cuando uno está acostumbrado a tenerlo. Tenía (lo calcula) 47 años. Y además sufrí un desprendimiento de retina, que yo atribuyo a desarreglos interiores, por lo mismo. (…)

         Yo no vivo con los ojos, sino mayormente con la imaginación, que es mi alimento. (26-XI-2006)

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Yo nunca había escrito una novela-biografía contada por su propio protagonista. Supe de su existencia a través del periodista Ángel Ortiz Alfau: “Acabo de conocer a un hombre que asegura tener una vida apasionante y busca que alguien se la escriba”. (...)

         [Antonio B. el Rojo, ciudadano de tercera (1977). Estos son fragmentos del prólogo de la reedición de 2007.]

         Corría 1973. Nuestro encuentro tuvo lugar una mañana en el Arenal bilbaíno. Se llamaba Antonio Bayo. (...)

         Me llegó a decir:

         -Mi vida ha sido tan dura y tan cabrona, que quien la lea llorará como nunca ha llorado. Me han tratado como a un perro: he sufrido como nadie. Mi libro se venderá como rosquillas

A lo que repuse:

-Amigo, si yo me pusiera a inventar desgracias, la vida de Papillon y la tuya juntas parecerían cuentos para niños. (...)

De hecho, antes de recurrir a otra persona, él había intentado escribir sus andanzas, más bien dictándoselas a su mujer, quien ya había llenado un par de cuadernos de escolar con letra difícil y redacción y ortografía atormentadas. Antonio me los enseñó, estaba ante mí con el resultado del ímprobo esfuerzo y asumiendo el fracaso. (...)

El gran pecado de Antonio era que tenía hambre. Su vida orbitaba alrededor de los alimentos. Era un animal hambriento. Los episodios de esta lógica relación hambre-robo me los refería sin estridencias, como si aquella historia no fuera con él. ¿Era creíble un destino tan truculento padecido a lo largo de sus primeros treinta años y repleto de incontables injusticias sólo explicables en un submundo como aquél? Le hice muchas preguntas, que él contestaba sin un titubeo. Se las formulé cruzadas: ni un solo fallo o contradicción.

¿Por qué se me ocurrió escribir este libro? Literariamente, me atrajo el disponer de un personaje de carne y hueso como alternativa a los habituales míos de ficción. Podría constituir un descanso. Pero, no: el gran motivo que me movió fue la denuncia.

¿Pertenecía a España aquella Cabrera Baja, aquel mísero y desheredado pueblo de La Baña [en León]?, ¿y eran españolas aquellas gentes dejadas de la mano de todos los dioses?

Faltaban dos años para que falleciera el Dictador. La sociedad española se reponía arduamente de la guerra y la posguerra. Asomaba un tiempo nuevo cargado de esperanzas y de reivindicaciones pendientes. Empezaba a abrirse camino la palabra para desterrar el silencio. La palabra.

Grabé su largo relato en mi casa de Getxo durante un mes. (...)

Al cabo, dispuse de un volumen de hechos que me absorbieron y conformaban una auténtica novela. Mi papel se reduciría a simple escribiente de ellos, a narrarlos como mejor supiera, a transmitir con otras palabras el mismo impacto que yo había recibido con las suyas, y siempre me ha gustado dar vida a cosas y personas sobre el papel. Otro aliciente, ya dije, fue el descanso de no tener que crear un mundo: me lo daban hecho. Tanto si se trata de narrar una ficción como un tema real, le elección del estilo y el lenguaje es fundamental. Y ello queda estrechamente vinculado a la voz elegida como narradora, bien la de un personaje o la del autor omnisciente. No lo dudé: sería la voz del propio Antonio. Sin embargo, el resultado no podría calificarse de autobiografía.



¿Biografía, entonces? Tampoco: yo, el autor, me filtraría en aquella vida sin intentar interpretar nada, sólo contar, contar. Las interpretaciones, en su caso, procederían del propio Antonio. Prevalecerían la autenticidad, la desnudez. ¿Quién era yo para hacer literatura de aquella realidad tan candente que vino a mis manos y me las quemaba? Quise desaparecer. De ahí, que hube que ser consecuente con otras dos decisiones:

Primera: como, por suerte, yo no conocía la Cabrera Baja, me negué a conocerla, sería el propio Antonio quien me la mostrara, nos la mostrara. (...)

Segunda: ¿cómo conseguir que el texto transmisor de la historia alcanzara la altura de su pureza? ¿Cómo hacer que el paso del medio oral al escrito no fuera un salto sino un deslizamiento? Ya que el libro no iba a ser escrito por Antonio, sino que éste sólo hablaría, había que conseguir que ese mensaje no fuera traicionado por ese texto. El texto habría de ser lo más inadvertido posible. Lo más oculto. Que no estorbara. Que el trasvase fuera cristalino, transparente. Y lo más próximo a la transparencia es la invisibilidad. ¿Un lenguaje invisible?

Ya solos la grabadora y yo, empecé por distribuir en fichas todo aquel barullo. Las ordené. Luego pasé un tiempo buscando el tono, como para un instrumento musical. A veces, se encuentra a la primera. No fue así en este caso. No se trata de pulsar teclas o cuerdas sino de escribir las primeras líneas. Realicé muchos ensayos para el primer párrafo. Y al leer un día bajo el bolígrafo…

“Me llamo Antonio Bayo, pero cuando madre me echó al mundo, una mujer que estaba allí dijo: ¡Leches, si es rubio como un ruso!... Así que no vaya usted por las Cabreras preguntando por Antonio, porque desde entonces todo el mundo me conoce por el Ruso. Ahora tengo seis años y madre me dice:

-Súbeme una berza.”

…supe que ya lo tenía.

La redacción del libro me llevó ocho meses. Cuando puse los mil folios en las manos mutiladas de Antonio, los miró por arriba y por abajo, quizá con orgullo de estar allí dentro, y se los llevó. Hablé con él al día siguiente. Transcribo lo que, tiempo después, diría a la prensa: “Cuando Ramiro me dio los papeles mecanografiados, yo no me reconocía. Tuvimos casi una enganchada. Le dije: este libro no sale p´alante, que éste no soy yo”.

El mío era el segundo libro que Antonio leía en toda su vida; el primero fue Genoveva de Brabante, e ignoro si le gustó. ¿Qué le encontró a mi texto? Sospecho que demasiada economía de palabras, demasiada brevedad. Su mujer y él lo compararían con sus cuadernos, tan melodramáticos, tan pastosamente lacrimógenos y folletinescos en los que cada escena se alargaba sin freno. Curiosamente, mi elección de un estilo invisible impedía que Antonio se viera allí… Bueno, la verdad es que apenas tuve que discutir con él, entrar en detalles literarios… ¡tenía Antonio tantos deseos de ver publicada su vida! No aceptó el libro, me aceptó a mí. Supongo que luego explotaría en casa.

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Cumplí el itinerario de los escritores sin editor, realicé envíos y todos me fueron devueltos. Planeta y Plaza & Janés me aseguraron que mi libro jamás podría ser publicado en España. Lo guardé cuidadosamente en un cajón.

No podía haber sido de otra manera en aquel año 1975 en que Franco había de abandonar el poder por un imperativo insoslayable, pero prevalecería el franquismo. Y mi libro atacaba sin medias tintas las instituciones más intocables. (...)

Ediciones Albia se interesó finalmente por el libro y lo publicó en 1977. Antonio B. fue entrevistado por los medios y firmó ejemplares con sus manos rotas. Nunca se había visto en una así. Pero en las fotos publicadas siempre apareció de espaldas, y lo mismo en televisión. (...)

          Confío en que nadie dude de la veracidad del relato de Antonio Bayo. Lo único que lamento es que ya no esté entre nosotros. Lo habría vuelto a pasar muy bien firmando ejemplares de su libro, pues seguramente es más suyo que mío. (15-IV-2007)

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Para mí, la literatura es un hobby. (...) Al principio, fue un simple juego. Yo leía, a partir de quince años, cosas, me gustaban, y me gustaría haber hecho lo mismo que hacían aquellos autores. Después, los últimos diez años más o menos, o menos quizá, he creído que pudo haber sido una necesidad de autosuperación, incluso dentro de mi familia.

         Éramos dos hermanos. Mi hermano [que era el menor] sacaba mejores notas en el colegio; yo, peores. Entonces siempre hay una aparición de un principio de complejo, a lo mejor. Yo me encontraba bastante desplazado. Nadie me desplazaba. Me sentía yo mismo que había un desfase entre el mundo real y el mundo mío de los libros.

         Ante mis padres, ante mi madre quizá principalmente, necesité dar una talla mayor. Entonces, suponiendo que fuera así, no tenía conciencia de ello. O sea, esta entrevista podría tener lugar mañana o dentro de una semana, y te diría otras cosas. Quiero decir que esto no lo tengo suficientemente elaborado. Yo nunca tengo suficientemente elaborado nada.

         Cuando voy a hacer una novela, no tengo una planificación matemática. Tengo una idea general y principalemente arranca de un mundo interior, de una filosofía de la vida que se me ha ido formando a través de lecturas y de experiencias personales. Y cuando me pongo a escribir, la mínima planificación que tengo, e idea, mínima arquitectura de la novela que voy a hacer, es una excusa para recurrir a ese mundo interior mío. (…)

         Una de mis primeras lecturas es La isla del tesoro. Fue para mí una revelación. Luego se unió la película. (…)

         El lenguaje es básico. El lenguaje te orienta, te dirige, incluso dirige a tu cerebro, selecciona en tu cerebro. (XII-2007)

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A los veinte años sólo escribía libros policiacos [escribió unos diez], no se publicó mucho, pero lo que se publicó era malísimo. [Publicó uno: Misterio de la pensión Florrie, 1944, con el pseudónimo Romo P. Girca, de Ramiro Pinilla García.] También escribí alguna del Oeste [escribió dos]. (...)

         De la literatura no he vivido ni bien ni mal, no he vivido de ella. He comido de otros oficios. (...)

         A mi padre le decía que quería hacer dos cosas en la vida: escribir y trabajar. (...) Fue muy duro. Tuve que afrontar muchas cosas. (...)

         ¡Malditas biografías por encargo! Tenía que hacer una biografía al mes para que me compensara. Ya me podían meter Aníbal, Hitler, Mussolini, quien fuera. Era inmoral.

         Cogía biografías hechas y copiaba, aunque la redacción era distinta. Era totalmente inmoral. (...)

         A la literatura le llaman vocación, pero es tozudez. (...)

No me importa seguir por este camino, el de la novela negra, hasta el final de mis días. [Acaba de publicar, en II-2009, Sólo un muerto más, protagonizada por Samuel Esparta, un detective-librero en Getxo.] (III-2009)

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¿Qué ha cambiado en cincuenta años? Nada. Hoy [2009], volvería a escribir la misma novela. Las ciegas hormigas [terminada en 1960 y publicada en 1961 en Destino; reedición en 2010 en Tusquets, que incluye el presente prólogo] fue mi primer grito de libertad fuera de mí mismo. Aunque vivíamos ya veintitrés años de dictadura, el vehículo para mi declaración de principios no fue el franquismo sino la literatura. La escribí en libertad cuando no la había, tan libre como lo haría hoy que sí la hay. (...)

         Las ciegas hormigas ha permanecido medio siglo secuestrada por la editorial Destino. En el contrato leonino que aquel ingenuo escritor firmó con entusiasmo, una cláusula decía que el editor sería dueño de la obra mientras en su almacén quedaran cien ejemplares: era la posesión de ella de por vida. (...)

         En 1999, Planeta de Agostini, con Destino en este grupo, publicó mi novela en silencio y sin que hasta ahora el autor haya recibido un céntimo.

         Desde hace meses Las ciegas hormigas ha regresado a mis manos gracias a las personales gestiones de Toni López Lamadrid, de Tusquets, recientemente fallecido, al que nunca dejaré de agradecérselo. Un editor enseñando a otro buenas maneras. (X-2009)

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Destino, Barcelona, 1961


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Tusquets, Barcelona, 2010

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Las ciegas hormigas fue como un estallido de libertad. Yo escribí ese libro [en siete meses de 1960] sin la esperanza de que se publicase y volqué en él todo mi pensamiento, lo que yo pensaba de la sociedad, del país y de mí mismo. Es un libro que tenía un contenido social fuerte; no es un panfleto, ni mucho menos. Yo no digo en él que Franco sea un impresentable o un cabrón, sencillamente porque el libro no me lo pedía.

         No sé por qué pensaba que no se iba a publicar. Era algo que estaba en mi subconsciente, yo no pensaba que se iba a aceptar con facilidad. No era un diario, ni unas memorias, era una novela de acción exterior, muy elaborada e intensa. (...)

         Sabas Jáuregui, el padre de la familia [cinco hijos] y protagonista, es el eje de todo el libro y es un hombre épico. El mensaje de la novela en el fondo es ese: hablo del esfuerzo humano por sobrevivir. Todos los ciudadanos somos épicos. Con cualquiera de nuestras vidas podemos hacer novelas épicas. Piense en tantas historias, íntimas, secretas y terribles, de la guerra y la posguerra de los españoles; piense en el exilio, la lucha por la dignidad, el hambre, la violencia, la humillación…

         Sabas está basado en un amigo mío que era así, que predicaba con el ejemplo. Fue primero un compañero de adolescencia: me enseñaba a pescar, a subir a los árboles, a conocer los secretos del huerto y de los pájaros. Era un tipo apasionante, y todo lo hacía de manera sosegada, disfrutando. Siempre.

         Sabas no cree en Dios. Yo tampoco. El sacerdote del libro se asombra de que sea como es -“es un buen hombre”, dice-, sin que obedezca las leyes de Dios. Sabas hace lo que hace para salvar su dignidad y su ética, y logra sobrevivir a base de luchar. Cree en la vida, y por eso arrastra con él a sus hijos en la búsqueda del carbón. (...)

         Sería un cargo de conciencia que ahora que tengo tiempo no escribiese todo lo que pueda en los últimos años de mi vida. (27-I-2010)

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Cómo tenía tiempo para escribir es lo que yo me pregunto también. [Mujer y tres hijos. Salía a trabajar a las ocho de la mañana y volvía a las diez de la noche.] La verdad es que yo creo que lo que gusta o lo que necesita hacer uno..., bueno, yo tampoco necesitaba, yo no soy de esos que convierten la literatura en un mito o en un santuario. La literatura la tenía como una simple afición y cuando tenía tiempo (los sábados y los domingos todavía se respetaban, no había que ir a trabajar), a ratos perdidos hice Las ciegas hormigas en un año. También en el trabajo, escondiéndome sin que me viera el jefe. (...)

La gente suele preguntar cómo me dio por escribir y no hacer figuritas de barro. Yo creo que uno empieza a practicar aquello para lo que cree que vale. Porque algo siempre tenemos que tener nuestro. Uno de los grandes valores para vivir es disponer de algo que alguien no te pueda quitar. Un personaje de Cervantes, un guardia, le decía a otro: “tú vas a dormir en la cárcel”. A lo que le contestaba el otro: “sí me podrás llevar a la cárcel pero no me obligarás a dormir”. Quiero decir que no me puedes obligar hasta ese extremo. El tener una vocación propia es algo que no te pueden quitar. Te pueden quitar la casa, te pueden quitar todo, puede perder el Athletic [de Bilbao], pueden ocurrir todos los desastres pero no te pueden quitar tu vocación. Entonces yo eso lo he respetado mucho. Bien, entonces cuando empecé a escribir yo no sabía todo esto, por supuesto.

Uno se encuentra a gusto con lo que hace bien. Luego, si tienes una persona próxima: un amigo, un pariente, sobre todo una abuela. Si una abuela te dice: “Adelante nieto que yo he leído esto y me gusta”. Yo tuve esa abuela y me lo dijo. Se levantó de la mesa y dijo: “Ya tenemos un escritor en la familia”. Yo tenía 16 años. Luego, hay pequeños éxitos: te premian un cuento. Había un concurso en Radio Bilbao sobre la película Lo que el viento se llevó en el que había que escribir el perfil de un protagonista. Yo hice tres y me premiaron uno. El premio era un par de zapatos. Pues cosas de estas son fundamentales para tus impulsos. Uno detrás de otro. Generalmente tienes fracasos un año y otro pero al tercero te premian algo. Y así empiezas. Yo a mis 18 años escribía novelas policiacas que eran muy flojitas, muy flojitas. Y se publicó una, por una editorial de Bilbao, que fue el gran acontecimiento de mi vida y me pagaron 500 pesetas por todos los derechos pero fue tremendo aquello [Misterio de la pensión Florrie, 1944]. Y luego haces algún encargo que te hacen un poquitín milagroso. Lees un anuncio en el periódico que necesitan alguien para hacer la biografía del beato Valentín de Berriochoa, que la hice yo. Más adelante, cuando gané el Premio Nadal, uno que me quería mal dijo: “Este de izquierdas no saben ustedes que ha escrito un biografía de Berriochoa”. Cosas de esas que te hacen gracia. Y así empecé a escribir y luego te encuentras que no tienes una esperanza de ganar el Premio Nadal y lo ganas. [Antes, en 1957, gana el Premio Mensajero con la novela El ídolo, publicada ese año.]

         Son historias que todo el mundo ha vivido en otras materias, en otras actividades, en otras vocaciones. Y la mía ha sido una vulgar peripecia hacia arriba poco a poco pero como la de tantos. (…)

         Eso no fue dirigido a mi literatura [se refiere al atentado contra la revista Galea, que él fundó]. Fue a la revista. No la hacía sólo yo, la escribíamos varios. Se veía de qué pie cojeábamos. Según me enteré más tarde, la quemaron [la modesta oficina de 25 metros cuadrados, incluyendo el baño] porque en el último número habíamos hecho una entrevista a una mujer, víctima del terrorismo. Y por eso la quemaron. (24-II-2010)

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[Galea (al principio mensual, después quincenal), difundió durante 18 años el mundo de Getxo, además de creaciones literarias. Él la creó. La dirigió hasta que le relevó su hijo.

El primer número, de 8 páginas, data de 1982: Galea Getxoko aldiskari - Periódico de Getxo, número 0, Octubre 1982, 25 Pts. La portada: dos fotos con pies de página que anuncian humor y denuncia. “Molino de Aizerrota, en La Galea, hoy refugio de meadas urgentes y amores apremiantes.” El molino aparece abandonado, en ruinas. Años después, será restaurado y convertido en sala de exposiciones con un bar-restaurante adosado. Y debajo, otra foto: “Estación de Neguri del F.C. de Bilbao a Plencia, en 1897. Ninguna de las figuras con sombrero es el jefe”. Se refiere a cuatro figuras femeninas.

En la página 2, escribió este editorial: “Getxo, uno de los pueblos más importantes del mundo, no podía seguir sin su propio periódico por más tiempo. Municipios lejanos y menos merecedores de tal lujo, como Madrid, Valencia, Londres o Nueva York, cuentan con varios periódicos diarios y una pila de revistas mensuales. Decididos a reparar tamaña injusticia, henos aquí, consumando la atrevida aventura de poner GALEA en tus manos cada treinta días. “Poner en tus manos” la lectura y la confección de cada ejemplar, porque queremos tus cartas, tus noticias, tus colaboraciones, para hacer realmente EL PERIÓDICO DE GETXO. Ahora, sí, uno de los pueblos más importantes del mundo cuenta ya con el periódico más importante… del pueblo. A ver si nos sale digno de él”.





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Dieciocho años después, el penúltimo número (octubre de 2000, primera quincena, nº 344, 24 páginas, 100 pts.) muestra en la portada este titular: “El drama personal detrás de cada acto de violencia”. Pág. 6, titular: “Así lo viven las víctimas”. Debajo: “Ocho viviendas, un local comercial y un concesionario, objetivos de actos violentos en poco más de un mes. Los actos vandálicos y terroristas son algo más que una información escuchada a través de algún medio de comunicación y que ha sucedido más o menos próximo. Detrás de cada uno de estos ataques hay problemas personales, de carácter emocional, físico y psicológico, además de las pérdidas económicas que suponen a título individual y para la sociedad”.

El artículo lo firma Araceli Fernández, que pregunta a varias víctimas cómo vivieron los atentados.


“El atentado contra el autobús (lo quemaron el 11 de agosto en Algorta en la calle Andrés Cortina junto a la iglesia de San Nicolás) produjo daños en el inmueble próximo. En la tienda de manualidades estaba una de las propietarias, que quedó encerrada en el interior cuando las llamas y el calor deformaron la estructura de la puerta impidiendo abrirla. Los cristales saltaron, el humo lo cubrió todo y el miedo fue la nota dominante. (...) El comercio de manualidades está cerrado.”

“En uno de los pisos se encontraba una mujer de 93 años, que desde hacía medio no había salido de la casa porque tiene dificultades motoras, acompañada por una nieta con su hija de tres meses. (...) La anciana consiguó bajar las escaleras andando, y ella sola. Al llegar abajo fue auxiliada por unos vecinos. En esos momentos, se rumoreó que las conducciones de gas del edificio que se encuentran frente al dañado podían explotar, pero finalmente todo se calmó.”

“Esa noche la pasaron como pudieron, recurriendo a familiares y según manifiesta una de las víctimas: “nadie nos propuso alternativas”, ni siquiera desde el Ayuntamiento.”

“Algunos afectados se quejan de la situación: ‘Es la tercera vez que pasa en esta calle... No me siento protegido... No me han ofrecido ninguna ayuda...’”

“Responsables políticos municipales se pusieron en contacto con estos afectados. Para los que ha sido necesario, les ha proporcionado una residencia por un periodo de tres meses.”

El Gobierno vasco, el Ayuntamiento de Getxo y los Seguros, hicieron aportaciones económicas.

El 14 de octubre del 2000, la sede de Galea (sita en calle Basarrate, 12, lonja, Algorta - Getxo) sufrió un atentado. Dijo Ramiro Pinilla: “Un día me llama la Ertzaintza  a las dos de la mañana y me dice que han volado mi periódico con dos cócteles molotov. Fui allí y estaba todo quemado”.


En un artículo titulado Veinticinco metros de libertad, publicado en el último número (octubre de 2000, segunda quincena, nº 345, 28 páginas, 100 pesetas) se hace un inventario de lo quemado (pág. 4): “Destrozaron todo lo que allí había: tres ordenadores, dos impresoras, un escáner, dos teléfonos, un fax, un archivo con las cuatrocientas revistas publicadas desde el año 1983 y un jarrón con flores frescas llegadas cada mañana desde el jardín de una casa de Andra Mari. No es gran cosa, pero es todo lo que teníamos y todo lo que necesitábamos para poder llevar al papel nuestra ilusión de informar”.


“No vamos a preguntarnos atolondradamente el por qué de esta acción fascista. Todo el mundo sabe lo que somos, tenemos derecho a serlo y a seguir siéndolo. No tenemos que justificarnos por ser beligerantes contra el terrorismo, por colocarnos siempre a favor de las víctimas, por hablar y creer en una sociedad plural y por dar la voz a quienes pensamos que más hacen por la democracia, la cultura y el progreso de todos.”

“Esperamos que, más pronto que tarde, el estado de derecho, en el que confíamos, actúe contra los culpables de este atentado en la forma que el sistema democrático lo exige: deteniéndoles, juzgándoles y condenándoles a pagar su delito y a reparar los daños causados.”

Titular de la portada de este último número: “Cócteles contra la libertad: Los fascistas destruyen la sede de GALEA”. Foto de la puerta destrozada y la fachada de la sede. Abajo, en letras de menor tamaño: “Nuevas tasas e impuestos municipales para el 2001”.

Página 2: sobre la foto del estropicio del interior de la sede, un titular: “Cócteles contra la libertad”. Bajo la foto: “GALEA, último objetivo de los violentos en Getxo”.

Página 3: texto de Ramiro Pinilla titulado “La democracia, para todos. Lo otro es fascismo”. Dice: “Teníamos una sede social y ya no la tenemos. (...) En este entresijo de ideologías, pasiones y comportamientos, que alguien nos diga dónde está la verdad, para apuntarnos a ella. La verdad puede estar en muchas partes... excepto en la violencia, el tiro en la nuca, los cócteles molotov”.

“(...) Respeto al otro. Pero es difícil enjuiciar con serenidad a quienes han implantado la pena de muerte. Es difícil mirar a un fascismo con ojos demócratas. (...)”

“Tampoco estamos por la demonización de nadie. Respeto, conciliación, diálogo. Estamos por los derechos humanos, todos los derechos y todas las libertades. Los demonios de la noche han visitado GALEA y la han destruido por no aceptar su libertad de expresión. La democracia es para todos o no es. Lo otro es fascismo.”

Páginas 3-5: Texto firmado por el “Equipo de redacción”: “El sábado 14 de octubre a las 23’30 horas, cuatro encapuchados lanzaban varios cócteles molotov contra las instalaciones de la revista GALEA. Tanto el equipo informático como el resto de elementos han quedado inutilizados, razón por la que la continuidad de este medio de comunicación independiente, de información local y con 17 años de vida, está en peligro. (...) Quedó inservible buena parte de la documentación que (...) había conseguido clasificar y archivar esta publicación”.

“Actualmente, el consejo de redacción está compuesto por seis personas (Araceli Fernández, Eva M. García, Carmen Koetsenruyter, José Ramón Urkia, R. P. Imaz y Ramiro Pinilla como director), ninguna de las cuales, por cierto, está sujeta a disciplinas de partido o grupo de presión.”

“También desde el punto de vista económico, GALEA goza de independencia. En su dilatada vida no ha ‘disfrutado’ de subvención alguna ni ha sido financiada por ningún proyecto político o ideológico. El principal soporte económico de este medio ha sido el proporcionado por los anunciantes, principalmente comerciantes de Getxo y de la comarca, que han apoyado este proyecto de información independiente año tras año. (...)”

“Algunas veces es posible resurgir de las cenizas. Pero en esta ocasión, las fuerzas de los que componen este equipo serán insuficientes para obrar el milagro. Es por eso que se pretende solicitar el apoyo institucional -y no solo testimonial- para que la publicación siga adelante. Sin embargo, el derecho a hacer una lectura crítica de las actuaciones de aquellos que toman decisiones seguirá siendo el principal activo de esta revista. (...)”

“Muchas han sido las muestras de solidaridad y apoyo recibidas por los integrantes de esta publicación. (...) Y como nota dominante en todas las muestras recibidas se ha transmitido el deseo de que la revista continúe. (...)”

“Si por algo se caracteriza la revista GALEA, además de transmitir información fidedigna de la vida cotidiana local, es por recoger las inquietudes de los diferentes colectivos cuidadanos, por ello, es si cabe más inexplicable e injustificable el sabotaje del que ha sido objeto.”


Tras estas cinco primeras páginas sobre el atentado, este titular encabeza la página 6: “Al mal tiempo, buena cara”. Es una página de anuncios de fontaneros, decoradores, instalaciones domésticas industriales, electricistas y reformadores de viviendas. El motivo de anunciarse ahora, según Clara Bilbao, es: “La lluvia, las nubes grises y el frío se acercan, incluso de alguno de esos elementos atmosféricos se puede decir que ya están aquí. Y ahora es el momento de acondicionar el hogar para pasar el invierno”. En contraste, la sede de Galea no revivió.

Según recuerda R. P. Imaz: “Me tocó a mí decir la última palabra, y llegué a la conclusión de que a todos los colabores de la Galea los habían colocado en una situación de riesgo personal indefinido difícilmente sobrellevado”.

Galea no regresó a la calle ni a las barras de los bares. Getxo (escribo en 2016) no ha vuelto a tener una revista local.]

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Habían de transcurrir nueve meses para gozar de otro verano, todo un parto doloroso en el colegio de frailes. Merecía la pena. Al final estaba el breve viaje Bilbao-Algorta al encuentro de aquella brisa de la mar dándome la bienvenida.

Apenas concluidos los exámenes de junio -siempre con algún suspenso, siempre en matemáticas- embalábamos los trastos para el traslado. Metíamos casi todo en cuatro o cinco cajones de madera que viajarían en una camioneta.

Yo iba en esa camioneta. Desde el alto de Cuatro Caminos la carretera baja en gran pendiente hasta la playa de Arrigunaga. Y era en Cuatro Caminos, al asomarse la camioneta a la mar, donde yo recibía en el rostro la fresca brisa anunciándome el mundo de las maravillas que me había esperado abajo todo el invierno, el mundo donde volvería a vivir como un pequeño animal salvaje, el mundo de la inocencia, el mundo de la libertad.

Después quedaría atrás para siempre y sería mejor no recordar tanta dulce mentira. Hoy, otros niños lo transforman de nuevo en verdad. Benditos ellos. (13-II-2011)

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Los Baskardo son la identificación con la Naturaleza, con mayúsculas. No debemos alejarnos demasiado de las leyes naturales, pues la cosa animal aún pesa mucho. (...) Hemos evolucionado, somos civilizados. (...) Los Baskardo rechazan los inventos de la civilización que los alejan de lo natural. Son la armonía. Los seres vivos evolucionan sin salirse nunca de lo natural. Naturalemente, yo no soy un Baskardo.(13-V-2011)

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Cuando un fontanero acaba una obra en la que lleva tiempo, sentirá un poco de pena y le dirá a su mujer: “Ahí estuve yo un año”. [Escribir una novela] es un periodo de tiempo muy largo conviviendo con unos personajes y con una rutina de trabajo. [Terminarla es] un poco como romper con un amor. Porque cuando la terminas y la entregas a la editorial ya no es tuya. Sale de tus manos y entra en una etapa mucho menos agradable. Es lo mismo el escritor que el fontanero. Muy parecido. A fin de cuentas, de uno parte todo. No hay que sacralizar. ¡Eran mis personajes queridos! Un tubo bien enroscado  puede ser tan maravilloso para un fontanero como para mí un personaje. (...)

         [Para mí, escribir] no es talento. Es paciencia y tozudez. Y una tercera cosa: ser  capaz de vivir todos los días a solas seis horas. El que no tiene inclinación a la soledad no puede escribir novelas. No es talento. Es paciencia, tozudez y soledad. (...)

         Estoy seguro de que me puse a escribir a los 18 años porque me sentía solo. La literatura fue la herramienta con la que yo tenía que demostrarle algo al mundo, y sobre todo a mi madre. Mi hermano sacaba sobresalientes, y yo aprobados y suspensos. Mi hermano era el listo, él entendía los códigos de interrelación con el mundo, tenía picardía, y yo era  un infeliz, un inocente. Y esa inocencia me ha pasado siempre factura.

Mis novelas siempre salen de algo sentido por mí, y generalmente partiendo de la infancia, como esta última [Aquella edad inolvidable, que acaba de terminar. Se publica en abril de 2012]. Seguramente no hay ninguna tan ligada a mis sentimientos infantiles. Puedo tener en mi cabeza filosofías sobre la naturaleza, sobre el origen del hombre, el darwinismo, la especie humana como especie animal, pero son cosas que no he experimentado directamente. Pero esta historia… Yo era como el protagonista [Souto Menaya, el Botas, futbolista inventado del Athletic de Bilbao] de mi novela. Los sentimientos de esta novela son autobiográficos. Yo creo que es la primera vez que esto se puede tocar. (...)

Yo siempre que narro tengo presente que estoy escribiendo un guión de cine. Todas mis novelas comienzan siempre con acción. Yo nunca he escrito un poema, ni siquiera uno de amor, porque  nunca he querido presumir de mis sentimientos, de lo que llevaba dentro. Porque también se escribe por presumir. Yo ahora escribo novelas por presumir. Por hacerlo bien. Estoy seguro de que me puse a escribir a los 18 años porque me sentía solo. Porque me sentía desplazado. (31-XII-2011)

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Antes de escribir mi primera novela, fui marino mercante durante dos años y, tras un largo viaje que me llevó al otro lado del atlántico, pisé y besé tierra firme y me dijo a mí mismo que eso no era lo mío, que lo tenía que dejar. Cuando volví a casa dejé la marina, pese a que en aquellos tiempos había hambre física y la pérdida de un sueldo hacía que toda la economía familiar se resintiese. Durante 20 años trabajé como chupatintas en una fábrica de gas de Bilbao, actividad que compatibilicé con la de escritor de biografías por encargo para una editorial [Ediciones Asuri, Bilbao]. Trabajaba por la mañana en la fábrica y por la tarde en la editorial. (...)

         Yo siempre tuve muy claro lo que quería ser y quería ser escritor, pero al mismo tiempo sabía que teniendo otra profesión, otros ingresos, iba a ser libre. Nunca fui un loco que se plantease o escribir o nada. Por eso, mis libros han sido libres, no han dependido de nada. Si hubiera tenido que escribir para alimentar a mi familia, hubiese tenido que hacer otro tipo de literatura. (...)

         He sufrido mucho para llegar hasta aquí. En esta casa [Walden, donde sigue viviendo] lo he pasado muy mal porque mi mujer enfermó cuando mis hijos eran pequeños. La hice sin dinero, poco a poco; es una especie de milagro. La casa fue creciendo sin una perra, no sé ni cómo lo hice. A veces se hacen las cosas, simplemente, con voluntad. Esta casa, después de más de 45 años, todavía no está acabada. Pero fue mi sueño, escribir en una casa de campo, y lo he cumplido. (...)

Me siento feliz, me siento feliz. En la literatura he alcanzado lo que no soñaba: una buena editorial [Tusquets], con gente encantadora, que me aceptó ese libro enorme de gordo [Verdes valles, colinas rojas] que nadie me había aceptado. Para ellos fue una aventura porque no es frecuente la edición de libros así, de tres tomos [publicados en 2004 (tomo I) y 2005 (tomos II y III)]. He tenido unas críticas extraordinarias, críticas como no podía soñar. Tengo salud [hoy ha caminado hora y media] y tengo una novia. ¿Qué más puedo pedir? Lo tengo todo. Por eso te he dicho que soy feliz, no me atrevía a decirlo, así, claramente. (...)

Estoy en un pueblo muy nacionalista, que tiene grandes mitos. Sin darme cuenta, me puse a hacer otros mitos mejores que los del PNV [Partido Nacionalista Vasco]. Es como si hubiera dicho: mira, ¿queréis antigüedad?, yo os voy a dar antigüedad. Y entonces cuento el nacimiento de la vida [en la playa de Arrigunaga (Getxo), con la llegada de 48 bichitos verdes]. Estoy seguro de que muchos nacionalistas, en el fondo, contactan con esto porque les gustaría que fuera así. (...)

         Me han dado el premio Euskadi. Aunque es cierto que no me lo ha dado el Gobierno vasco sino un jurado independiente. Sin embargo, sé que los nacionalistas lo leen y lo aceptan en cierto modo, porque no insulto, como otros. Yo parto de la base de que el PNV es una realidad con la que hay que convivir, porque si no este país no funciona. Hay que entender al otro. Comprensión, la palabra que yo siempre tengo es comprensión del otro. En este país, naturalmente, a mí me harán siempre el vacío, siempre que puedan, pero, claro, llega un punto en que no pueden hacerme el vacío, no pueden. (...)

         Soy vasco y me siento vasco. Mi padre era de La Rioja y mi madre de Zarauz. Mi abuela [materna] se había separado de su marido y se vino a Bilbao con cuatro chavales, dos chicas y dos chicos pequeños. Era una mujer de arrestos y salió adelante. Se vino aquí porque el padre de mi madre era muy español, muy español (risas), le gustaban los toros… Mi abuela -que tenía mucho carácter y era una gran mujer- vio que aquello era un desastre y lo dejó. (...)

Siempre he pensado que la mujer era el motor. Mi madre y mi abuela fueron grandes mujeres y yo creo que eso ha pesado. Las mujeres son las protagonistas de mis novelas desde que empecé a escribir. En esta trilogía [Verdes valles...], los grandes personajes son mujeres: Isidora, Cristina, Mercedes, la maestra, Fabiola o Fabi, la rebelde. (...)

Si la pregunta es con cuál de los libros que he publicado me quedaría, sin duda sería Los Cuentos [volumen que reúne sus dos libros de cuentos: ¡Recuerda, oh, recuerda! (1975) y Primeras historias de la guerra interminable (1977)], porque contiene y es la base de toda mi obra posterior. (VI-2012)

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Si hay algo bueno en Las ciegas hormigas [1961], es ese capítulo [se refiere al apartado 21, “Josefa”, de la parte VI]. Lo escribí hace más de 50 años, pero aún recuerdo lo que pensé de él al concluirlo: ¿por qué no es así toda la novela, ni será así la mayor parte de lo que escriba en el futuro? Es la fusión feliz del lenguaje narrativo con el que soñaba y sueño, esa suma de ritmo, continuo movimiento hacia adelante, ideas más ideas, humor, diafanidad expresiva, algo así como la música insoslayable de un Mozart falsamente juguetón que nos engancha sin remedio. ¿Pasión por la criatura? Puede. Pero sus protagonistas quedan dibujados para toda la novela, el noviazgo contado por Josefa sienta las raíces de un Sabas del que ya puede creerse su peripecia épica, así como la entrega sin condiciones de la propia Josefa a la irreductibilidad de Sabas. ¿Qué teclas hay que pulsar para conseguir algo así? Lo ignoro.

         Las ciegas hormigas no habría existido sin Faulkner. Lo han dicho los críticos. Él me enseñó a ponerme en el lugar del otro, es decir, de los personajes. Y para conseguirlo hay que contarlos en vez de simplemente decirlos. De modo que la ley divina de un escribidor de narraciones es contar y no decir. Más tarde García Márquez me enseñó a ser irreverente utilizando el humor. A convertir un relato en puro ritmo musical. Me gustaría estar aprendiendo todavía. [Para un libro colectivo, le piden que escoja un fragmento de toda su obra: el predilecto o el que le supuso un momento de mayor creatividad. El aptdo. 21 antedicho se reproduce en el libro: Valerie Miles (ed.), Mil bosques en una bellota, 2012] (VI-2012)

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Uno de los leit-motiv de mi obra es, más que la pérdida de la infancia, la defensa de la infancia. Todavía no he escrito sobre su pérdida. Como defensa de la infancia, el nivel más sublime es el de don Manuel en Verdes valles, colinas rojas y en El ídolo.

         Por un lado, don Manuel sigue siendo un niño, pero por otro lado, tiene un amigo pequeño, Asier, que es al que defiende. El problema de la pérdida de la infancia siempre lo he tenido presente, pero no he escrito sobre la pérdida de la infancia. Espero escribirlo algún día; ahora se me ha ocurrido, hablando contigo. Muchas cosas que te estoy contando las estoy pensando casi por primera vez. Creo mucho en la espontaneidad y me estoy dando cuenta de que hay cosas que las tengo pensadas de antes, pero otras no. Cuando tengo que leer un discurso pido perdón, porque tengo muy mala memoria. De hecho, escribir es un acto de espontaneidad: tienes una idea, la desarrollas en una línea o dos, y luego estás escribiendo horas. La mitad de las cosas que pones, no sabías que las sabías. (...)

         Empiezo a escribir a los diecisiete o dieciocho años. Eran cuartillitas donde escribía principios de cuentos. Le debo toda la afición a mi abuela. Ella tenía una afición artística; nunca había escrito versos o poemas, pero sí los memorizaba. Para cada cumpleaños de los nietos, preparaba uno y lo recitaba en la comida. Un día le leí una cuartilla que yo había escrito, y ella se levantó y dijo: “¡Tenemos un escritor en la familia!”. Aquello fue la piedra angular de mi persistencia. Pienso que es muy importante que todo el que empieza con una vocación tenga un apoyo. En aquel tiempo, Bilbao era culturalmente un páramo. Cuando el cabrón de mi hermanito se enteró de que yo escribía, cosa que yo llevaba en secreto y no había dicho a nadie, se lo contó a mis padres y se lo fue chivando a mis amigos. Mis padres lo respetaron, pero mis amigos se descojonaron: “Pero Ramiro, ¿qué haces?”. Era un páramo, aquello era terrible. Entonces me cabreaba, ahora pienso que me ayudó porque soy muy terco cuando me gusta algo. (...)

         Con los cromos tuve dos relaciones. Primero, cuando la posguerra, en la familia éramos cuatro miembros y en casa ensobrábamos cromos de Blancanieves y de otros cuentos. De futbolistas todavía no. Y lo hicimos durante un año, dos o tres, ¡qué sé yo! Como ayuda familiar. Era cuando empezaba la casa Fher y nosotros ensobrábamos. Luego ya me casé, todavía vivía en Bilbao, y sobre 1960 trabajaba por la mañana en la fábrica de gas municipal y por la tarde pues… tenía que pagar todo esto [un gesto de las manos abarca el caserío de Getxo donde reside]. Cuando empecé no tenía una perra. Compré el terreno y la casa y no tenía una perra. Fueron tiempos heroicos, inolvidables y preciosos, con los críos pequeños. Pero no había dinero, y por la tarde me cogieron los de Fher, en mi segundo contacto con los cromos. Tenía que distribuir el texto de un cuento entre cien o doscientos cromos, y cada uno llevaba una, dos o tres líneas. Aquel año me dieron el premio Nadal y entonces los jefes me dijeron: “O sea que usted, Pinilla, cuando va a casa, no sigue pensando en Fher”. Me hicieron el vacío. Si yo hubiera sido un mecánico de la casa que estaba en la imprenta o el electricista… pero es que era el escritor de Fher, y había ganado un premio literario. (...)

         ¡Y además aquí [en Walden] tenía huerto y gallinas! No sé cuándo escribía, es un milagro. Pero la verdad es que en la fábrica de gas escribía, tenía tiempo. Una vez que hacía mi labor, me ponía un rato. Y así escribí Las ciegas hormigas. Pero a eso no le doy ningún mérito, todo el mundo lo hace, simplemente lo anoto como curiosidad, me resulta simpático. Hay muchas partes de Las ciegas hormigas que están escritas al dorso de impresos de la fábrica. (...)

         A mí me ha gustado escribir y lo he pasado muy bien escribiendo, no he sufrido. He sido muy regular. Creo en la seriedad y el orden, nunca me he pasado una noche escribiendo. Si he tenido que escribir una noche ha sido por necesidades económicas. Pero no con las novelas, he tenido mucho cuidado de salvarlas de todo esto. Un día un amigo me llamó y me dijo que estaba mirando un índice de mis obras y veía que yo no había escrito ocho novelas, sino unas cincuenta. Pero son las biografías malditas, como yo las llamo, que tenía que hacer por encargo. Me pasaba las horas muertas con la Underwood. Aquello era terrible. Con el ordenador es maravilloso, te salen unos textos preciosos, pero con la Underwood (...). Y las copias: hacer seis o siete copias en papel cebolla, y si te equivocabas mucho tenías que repetir otra vez, aquello era una maldición. El ordenador lo uso para pasar el texto a limpio, porque sigo escribiendo con bolígrafo. (...)

         Estuve veinte años con Verdes valles, colinas rojas, pero no de modo continuado. En esos veinte años, escribí tres o cuatro novelas [Quince años, Huesos], hacía descansos, además era la época del maldito periódico [Galea, en Getxo], que me llevaba meses enteros. Pero desde que empecé hasta que se publicó fueron veinte años.

         Cuando la acabé, fue como un parto, que te vacías. Pero yo no quería acabarla, me dio pena hacerlo; la estaba prolongando. Al final lo alargaba en meses, luego en semanas, luego en días. No quería acabarla. Ahí metí todo ese mundo de Asier y don Manuel, el nacionalismo, la guerra, Roque… Hay dos personajes en los que todo el mundo coincide, sobre todo las mujeres. Uno es Roque, que para mí no es el fundamental, y el que para mí es fundamental, don Manuel, con Asier.

         Son como los historiadores, los que interpretan. Roque es más primitivo, más puro, más sano. Isidora es un contrapunto de La Pasionaria. Todavía recuerdo cuando empecé a escribir lo de Roque, prácticamente al principio; todavía estoy sintiendo lo que sentí entonces cuando la ve a ella por primera vez en las minas, en las fábricas. Todavía estoy sintiendo cómo estaba yo en ese momento. Sentía que había hecho una buena elección, que me encontraba a gusto haciendo aquello. Y luego otra sensación: que era una epopeya pendiente de escribir aquello de modo abierto y claro. Una denuncia del nacionalismo, de cómo explotaron a los obreros de aquellas minas llamándoles maketos.

         Verdes valles... se publicó cuando yo ya estaba en otra fase de mi vida. Todo el mundo que escribe quiere publicar sus libros, pero no a costa de cualquier cosa. Yo estuve 25 o 30 años totalmente marginado. Me gusta la marginación. No soy un ogro, pero me gusta. Publiqué varias novelas en editoriales pequeñas del País Vasco, que no tenían difusión ninguna, hasta el punto que me da mucha rabia que ahora se estén publicando poco a poco en Tusquets como reediciones, cuando en el fondo no son reediciones porque nadie conocía esas novelas. Iban saliendo y no tenían críticas ni nada, el mundo literario e intelectual español me olvidó, pese a que tenía el premio Nadal y en 1972 mi novela Seno quedó segunda en el Planeta. Me sentía muy abandonado y solo, y estaba bastante cabreado con el mundillo. Pero eso no afectaba mi vida. Fíjate, el único crítico que me siguió siempre fue Rafael Conte.

         Conte tuvo una predilección por mí y siempre se lo agradecía porque me sirvió de mucho. Sus crónicas me animaron mucho. (...) Lo que quiero es que mis libros tengan algún valor, aunque si no hubieran tenido ningún valor tampoco me habría pasado nada, porque la creación literaria es un adorno que simplemente vale para mí, es una satisfacción saber que parece que no haces mal lo que te has empeñado en hacer; pero no es el fundamento de mi vida. Nunca he hecho que la literatura interfiriera en mi vida. Nunca. Yo no me ponía a escribir y exigía silencio en la casa porque soy escritor. Hasta el punto de que ninguno de mis hijos ha salido escritor ni con afición a leer. He tenido un cuidado especial en no mezclar las dos cosas. Cuando yo tenía que trabajar lo hacía por la mañana y por la tarde en Bilbao, viviendo aquí. Salía a las ocho de la mañana y volvía a las diez de la noche, y los fines de semana la huerta, las gallinas o lo que fuera. Y de escribir nada, no he querido aparecer nunca en la familia como un escritor y no he permitido que esa afición alterara mi mejor vida, que era la otra. La literatura no ha sido mi mejor vida, ha sido la otra.

         Lo pasaba muy bien escribiendo, y cada vez he escrito más en la medida que tenía más tiempo, pero en aquellos tiempos heroicos yo escribía muy poco. En 1960, escribí Las ciegas hormigas. Seis años después, escribí El salto [que editorial Destino (que le había concedido el Premio Nadal por Las ciegas hormigas) no quiso publicar;  la edita en 1975 ediciones Marte, Barcelona]. Diez años después, En el tiempo de los tallos verdes [Destino, 1969]. Escribía poco, según me iba saliendo tiempo. Esto ha sido un hobby. Parece que tenemos que tener una realización artística… o quizá es un vicio. Es como en el fútbol, que eres hincha de un equipo, del Athetic, por supuesto. Pero nunca he tenido la literatura como un eje de vida, y de ahí que nunca haya frecuentado tertulias. El ciudadano artista es muy especial, a mí me da mucho miedo, nunca he congeniado con ninguno.

         Ahora se me llama alguna vez, pero de tertulias y eso, nada. Estoy seguro, y digo que estoy seguro, no que sea una teoría que hay que demostrar, de que estamos en el mundo para contarnos. El individuo que no pinta y que no escribe es porque, desgraciadamente para él, tiene facilidad de expresión, es simpático, es aceptado en sociedad y habla mucho: ese es el genio de las tertulias. Y generalmente no hace nada serio luego. Todos necesitamos contarnos de alguna forma. Los que no hablamos, los que no vamos a tertulias, luego en casa tenemos que meternos a escribir para contarnos cómo somos. Ese es uno de los secretos de la vida. (VII-2012)

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Lo importante son los hijos, la mujer que amas... y tu vocación. La mía es escribir. (...)

         La posguerra era cruda, y yo leía para evadirme: Twain, Dickens, Melville... Tenía 15 años y con los libros huía de mí mismo y de mi entorno. Escribir fue el paso inmediato.

         Mi hermano les dijo a mis amigos que yo escribía... y empezaron a cachondearse de mí, claro. Me veían como a un marciano.

         Oculté lo que escribía. Me sentía avergonzado por escribir. Me costó mucho coraje mostrarme como escritor, mucho... (...)

         Fui marino mercante: maquinista naval. ¡Fue horroroso! No veía nunca el mar, estaba siempre enclaustrado en las bodegas, asfixiado con las máquinas de los motores, sudando... La vida del marino es horrible, sin ver a la familia... ¡Y yo quería familia!

         Lo dejé. Entré a trabajar en una fábrica de gas y me casé. En esa fábrica eran todos muy franquistas, y yo disimulaba.

         Por las tardes tenía otro empleo: escribía los relatos que se imprimían en el dorso de una colección de cromos. Pero sí, yo seguía escribiendo novela. (...)

         Gané el premio Nadal del año 1961 con la novela Las ciegas hormigas. ¡Por eso me despidieron de la fábrica de cromos! Consideraron que no me entregaba en cuerpo y alma a los cromos, y la prueba era esa novela escrita por las noches: ¡en vez de felicitarme, me despidieron! (...)

         Dejar alguna huella con lo que escribo. Para eso, quiero sobrevivir lo más posible, ya sabe, con naranjas, vida tranquila, buenas siestas... ¡y nada de enfados por pamplinas! (XI-2012)

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Quiero que guste lo que escribo. La realización personal se produce cuando lo que uno hace gusta a los demás. Pero esto es sólo el complemento. Sacarlo fuera y que te lo digan es un redondeo, pero la primera mitad del disfrute es la satisfacción de hacerlo. Uno cree hacerlo bien pero si encima le gusta al otro... (...)

         Lo que he escrito, todo lo que he escrito, no tiene nada que ver con mis peripecias personales, porque si yo hubiera dependido de esta personalidad mía, habría escrito cosas muy anodinas. Lo único que ha prevalecido en todas las historias es la imaginación, no la fantasía, que son dos cosas diferentes. Puedes volar con la imaginación y regresar al punto de partida. (...)

         Yo era un poco rarito de joven. Mis amigos denominaban una ‘ramirada’ a algo que no encajaba en la realidad. Ahora me doy cuenta de que he vivido soñando. Hay quien tiene que viajar mucho para escribir; otros nos metemos en un agujero desde el principio y lo tomamos todo de la imaginación. Tampoco he sido ese loco poeta que no ha encajado en la vida. No, cuidado, yo encajé: he trabajado como cualquiera, me han pasado cosas difíciles. (...)

         Si mi imaginación no fracasa, me siento a escribir y al hacerlo se produce una especie de contagio de una maquinaria en marcha. Confío mucho en el poder del arranque narrativo, de la propia escritura. Nos entendemos bien la escritura y yo. No soy un erudito pero soy muy sensible a la música narrativa, a la del texto, al tono y al ritmo, y cuido mucho los choques de sonoridades. Toda palabra tiene una música y hay que encontrar las que empalman bien. (14-III-2013)

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Cuando se cumplen 90 años [que cumple hoy], la sensación es de pena. Pena de estar más cerca de dejar el mundo de los vivos, pero sin miedo a la muerte ni al más allá. No me preocupa la muerte. (...)

Ahora más pena que a los 80 años. Y la pena de que dejaré aquí mucho dolor. (...)

Estoy bien excepto en las piernas, un poco flojas. Pero sigo con mis paseos diarios de hora y media por La Galea. Con bastón y con cuidado para guardar el equilibrio. [Décadas paseando ante los acantilados de Getxo.] (...)

Sigo escribiendo igual que antes, no, mejor que a los 30, con más seguridad en el lenguaje, mayor fe en mí mismo y no menos imaginación. [Está corrigiendo ahora la tercera novela de la serie policiaca del librero detective Samuel Esparta, cuyo título provisional es Cadáveres en la playa. En la playa de Arrigunaga, por supuesto. Y ya tiene tema para la siguiente novela, que no será de esta serie.] (13-IX-2013)

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Yo escribo para mí. Escribo lo que tengo dentro, lo que me quema, a veces lo que me hace gracia, a veces lo que me duele, a veces lo que... lo que siento en ese momento, cuentas pendientes que tengo conmigo mismo.

         Detrás de Aquella edad inolvidable hay una cuenta pendiente desde la niñez. Trata sobre el fútbol, sobre el Athletic. Mi padre me llevaba de la mano de niño a San Mamés, y aquello fue la espoleta que trajo todo lo demás: la fascinación por el Athletic, la locura incluso. Ahí empezó todo.

         Intenté ser futbolista pero era muy malo. (12-XII-2013)

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Ya escribía antes, pero con 23 o 24 años me compré una Underwood en Palma de Mallorca [en uno de sus viajes trabajando como maquinista naval] y eso fue un impulso definitivo a la vocación de escribir. En casa tenía una máquina grande, de oficina, y había escrito algunos cuentos en ella. (...)

         Con poco más de 40 años, estaba jubilado. [Prejubilado por un desprendimiento de retina que le cegó sin remedio un ojo en 1963.] Pude cuidar a mis hijos y eso es un privilegio del que pocos hombres disfrutan.

         Unos cuantos años, apenas escribí. No fue algo que eligiera. Durante años no tuve tiempo. Además, el Nadal me había dejado un poco aturdido. El salto (publicado en 1975, tres años después de Seno), una novela posterior, tenía una dependencia enfermiza de Faulkner. La enfermedad de mi mujer [la primera, la madre de sus hijos, cuya enfermedad la ausentó de casa permanentemente cuando los hijos aún eran niños], la conciencia de que me faltaba una voz propia, todo se juntó para que escribiera menos.

         Hice lo mejor que podía haber hecho. No estoy arrepentido porque me ha gustado siempre más vivir que escribir. Lo que he vivido, no lo cambio por nada. (...)

         No tengo preocupación alguna por mi fama literaria. (...)

         He tenido mis grandes tragedias pero la vida me ha gustado.

         Pido a la vida llegar a los 120 años como hasta ahora. Soy un hombre feliz. (...)

         No he tenido grandes metas en mi vida porque pienso que en la sencillez está la felicidad. (...) Yo pensaba que algo podría hacer en el mundo de la literatura, pero no tanto. He logrado todo eso y tengo amor [la segunda mujer], así que soy feliz. (6-VII-2014)

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Tengo salud y la mente bien [ante la pregunta de cómo sigue teniendo ganas de escribir]. De hecho yo creo que estoy mejor mentalmente ahora que en mis veinte años [dentro de 10 días cumple 91 años]. Y la muerte no me da miedo, la muerte me da sólo pena, porque sé lo que no voy a encontrar en el otro lado: no habrá nada. Hay que vivir lo más posible, con salud. [15 días después, ingresa de urgencia en el hospital.]

         Como escritor, mi filosofía es sentirme un hombre libre con todas sus consecuencias. Escribo en libertad, siempre he escrito lo que me ha dado la gana. Por ejemplo, en la novela sobre la que estoy trabajando actualmente [Los inmaduros] hay un episodio de trata sobre la Virgen. Esta chica queda embarazada, pero no por su marido. Y no se le ocurre otra cosa que decir que le ha visitado un arcángel, fíjate la que organizó. ¡Y esto lo recoge la Biblia! No sabes lo que disfruto, ojalá se me ocurrieran más herejías… Al ser libre y mínimamente consciente del entorno, me ha interesado denunciar las injusticias, o la ridiculez del nacionalismo. Pero no de manera sistemática, desde el análisis sociológico, sino a través de la novela, con personajes que te van llevando en una dirección. El mérito de la literatura está en componer un argumento o una escena que convenzan, por muy tontos que sean. Cuando consigo esto, soy feliz.

         Imaginar la realidad partiendo de ella es distinto a decir que una mujer se pone a volar sobre una escoba. Una vez que te metes en una fantasía no puedes volver a la realidad, porque no hay manera de que encaje con ella. Pero si arrancas desde la imaginación, puedes volar todo lo que quieras y luego regresar al nido de nuevo, a la realidad, que es lo que me interesa. Lo difícil es que se te ocurran cosas. Durante estos días ando bloqueado con una escena y tengo que dejarlo para más adelante. Pero siempre hay soluciones literarias para salir de los malos trances.

         Necesito tener el espíritu en calma [para escribir]. Creo mucho en el orden, en la constancia del trabajo. (…) Esa constancia es imprescindible para sacar algo. (…) Ahora escribo (…) durante unas cuatro horas, sin objetivo de número de páginas. Me conformo con lo que va saliendo. A veces media página, otras dos.

Es una novela que se llamará Los inmaduros [la que ahora está escribiendo]. Yo tenía una idea general: Unos señores deciden en cierto momento de sus vidas vivir su vocación. Uno es escritor, otro pintor, otro fotógrafo [y un historiador y un vago]. Desertan de las familias y coinciden en un caserío de la playa [de Arrigunaga]. Allí se instalan, a vivir su vocación, de modo sencillo y humilde. [Forman una comuna libertaria sin organización.] Y en esto contravienen la opinión de sus señoras que los consideran gente sin fuste, sin fundamento. Poco a poco voy metiendo las idiosincrasias y peripecias de los personajes. Cuando ya tienes un corpus vivo, la novela sale por sí sola prácticamente. (…)

Lo primero que tiene que hacer [un aspirante a escritor] para empezar a escribir es encontrar otro empleo. Así defiendes la libertad, incluso aunque escribas menos tiempo. Y también pienso que los ánimos del principio son muy importantes. (…)

He escrito por mi madre. Resulta que éramos dos hermanos, yo era el mayor y una madre cuida siempre más al pequeñito. Además, mi hermano era astuto y yo un inocente, él sacaba buenas notas y yo no… No me he quitado nunca la sensación de estar rebajado frente a él -lo dice riéndose- y suponer que mi madre era la imaginaria jueza en esto, aunque todo fuese una invención mía. Yo quería escribir para dar la talla. (…)

Faulkner me enseñó una palabra, “irreductible”, que es básica en mi concepción de la literatura. También podemos decir “tozudez”, “terquedad”, pero son menos poéticas. Pienso que lo melodramático existe dentro de nosotros, pero literariamente es ridículo. Un dolor se puede expresar con una palabra o dos. Por otra parte, he utilizado el humor porque permite contar las mayores tragedias. (…)

La playa de Arrigunaga es el escenario de mi niñez, esto lo explica todo. Recurro a este lugar para explicar mi concepción del mundo. La vida nació del mar y después de millones de años pasó a la tierra. Esto se sabe, es científico. Y yo este salto lo sitúo en Arrigunaga, ¿por qué no? Me gusta el tiempo primitivo, el tiempo antiguo, lo natural. (…)

[En los paseos por las mañanas.] A veces [no pienso] en nada en particular, voy cantando tangos de Carlos Gardel. Y otras veces me pongo a recordar. Porque Getxo es un recuerdo vivo. Como todos los viejos, yo me acuerdo de mis padres, también de mi niñez y de la de mis hijos. Y fíjate, me da por pensar que algo no hice muy bien: no les he puesto suficiente música cuando eran pequeños. (Última entrevista) (3-IX-2014)

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3-IX-2014, Walden. Foto de Ana Egea para Gemfeed, durante la última entrevista

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Me han dicho que el miércoles iré al cielo. (...) Ya podré dar de comer a mis gatos. [Quiere decir que los médicos le han dicho que volverá a casa dentro de 5 días, el miércoles 22 de octubre de 2014. Para ese día, está previsto que le den el alta en el hospital de Cruces, Baracaldo, donde está ingresado desde el 18 de septiembre por una repentina y grave afección en el páncreas. Y proyecta acudir el jueves 23 a la presentación de su novela recién publicada Cadáveres en la playa.] (17-X-2014, viernes)


EPÍLOGO


Hasta el ingreso, se mantenía sano y autónomo, daba sus paseos diarios de hora y media, compraba el pan y dos periódicos, escribía, iba a su taller de escritura cada semana… El lunes 15 de septiembre de 2014, dos días después de cumplir 91 años y tres días antes del ingreso, celebró el cumpleaños en el taller. Se convertiría en su última sesión. 36 años ininterrumpidos de taller, desde 1978. En Algorta. Los lunes de ocho a diez de la noche, salvo días festivos, julio y agosto.

Ingresó grave, regateó a la muerte, mejoró pero no regresó a casa ni volvió a dar de comer a los gatos. Cuando le iban a dar el alta, un empeoramiento lo llevó al quirófano. No pudo con la operación. 36 días hospitalizado. Muere el jueves 23 de octubre.


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Walden: cuarto de herramientas y almacén (antiguo gallinero).
Foto de Chema Conesa. Magazine - El Mundo, nº 374, 26-XI-2006

En el hospital, dijo con alegría que había resuelto mentalmente una escena con la que se había bloqueado en la novela que tenía iniciada, Los inmaduros. Le estaba divirtiendo escribirla. Una novela con humor.

En el hospital, los dos últimos libros que quiso (se los pidió a su mujer, que se los leía) fueron las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique (“Cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando. /…/ Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir. /…/ Cercado de su mujer / y de sus hijos… /…/ dio el alma… /…/ que aunque la vida perdió, / dejónos harto consuelo / su memoria.”), y Vida retirada de fray Luis de León (“¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo, / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido.”)

Quién sabe si al morir, como el viejo Isidro de Seno (1972), “buscó en su pasado (…) abriendo hacia atrás todas las puertas de las habitaciones de su memoria, atravesando precipitadamente las más recientes. (…) Siguió abriendo puertas cada vez más atascadas y se vio sucesivamente (…) devorando el pecho de su madre (…). Llegó ante la última puerta asolado por las nostalgias, y no pudo abrirla. Ella se le abrió sola. No se atrevió a entrar, porque le estremeció la idea de que su memoria le iba a mostrar el arranque de toda su memoria, pero se sintió succionado del interior. (…)”.

         Así relató la muerte de Isidro a los 111 años (a 20 años de alcanzarlo se quedó Ramiro):

“Isidro estaba realizando (…) contorsiones prenatales. (…) María [su bisnieta, mismo nombre que su madre] identificó [los lloros de Isidro] como la más desolada súplica que jamás oyó. Se olvidó de sus desazones para entregarse de lleno a su pasión maternal. Se sentó y pidió a José [su esposo, con quien tiene un hijo, otro Isidro, al que ha parido hace un instante en la casa ‘Arrigunaga Chiqui’] que le entregara al bisabuelo, y cuando lo tuvo sobre sus piernas lo abrazó y estrechó contra su pecho. No era mucho más grande que el hijo que acababa de tener, y se le formó un nudo de hierro en la garganta al sentir el frío de desamparo de aquella carne desnuda. ‘Ay, que el destino siempre deje así a los hombres’, suspiró. Trató de descifrar letra por letra el significado del berreo inconsolable, y lo logró sin ninguna dificultad. Una copiosa humedad invadió sus ojos. Impaciente por tocarle lo más profundo de sus anhelos, le apartó los mechones lacios de la frente, para leerle mejor el pensamiento, y se le reveló la imagen que Isidro llevó toda su vida alojada en la médula de sus huesos. Se trataba de una mujer monumental, que también se llamaba María, con un modelo de camisón de hace dos siglos, de la que una criatura con los ojos muy abiertos estaba tomando su primera mamada de este mundo. (…) [María reconoció a Isidro en esa criatura, viendo que no había cambiado nada.] Sintiendo que por todas las partes del cuerpo se le reventaba la maternidad irrefrenable, abrumada por una lucidez que la espantó, se abrió el escote del sayón y entregó al bisabuelo su pecho de matriarca. Isidro cesó en el lloriqueo y lo recogió con fervor. ‘Que nadie lo tenga por loco -exclamó María arrasada en lágrimas-. Todo lo hizo porque quería morir como si estuviera naciendo.’ Se oyó un eructo de placer, que fue apagándose en un silbido cada vez más tenue, hasta que se le salió toda la vida.”

         “(…) ‘Yo sé dónde y cómo quería que lo enterraran’, dijo María a su esposo. Durante cuatro días lo lavó escrupulosamente con el agua que José le subía de la playa [de Arrigunaga], (…), lo tomó en brazos y se dirigió al huerto del cañaveral, cuya tierra había adquirido el tono rojizo de las placentas que la impregnaban. Pidió a José que abriera un agujero y que trajera un cogollo de manzano, y depositó a Isidro, desnudo, en el fondo, y le plantó el árbol justamente sobre el ombligo. ‘Desde ahora en esta casa se comerán manzanas con sabor a Isidro, como él lo dispuso, y nadie le olvidará’ -dijo-. Desde ahí dentro inspirará nuestras labranzas.’ (…)’’

 A diferencia de Isidro, Ramiro quería ser incinerado.

Sus cenizas (“mi semilla”, dijo él) se diluyeron en el territorio idealizado de la infancia, a la vez el lugar por excelencia de su literatura, la orilla donde se originó la vida sobre la tierra, la mar donde hombres y mujeres ardían apareándose y prolongaban la estirpe: la playa de Arrigunaga. Como Ramiro escribió: “el mundo de las maravillas que me había esperado abajo todo el invierno, el mundo donde volvería a vivir como un pequeño animal salvaje, el mundo de la inocencia, el mundo de la libertad”.

       Meses antes, le había dado tiempo a ver la colocación clandestina (sin permiso institucional), por parte de unos cuantos escritores, lectores y amigos, de una placa metálica. Allí persiste, atornillada a la pared rocosa que detiene la arena de la playa:

 

AQUÍ EMPEZÓ TODO

SEGÚN RAMIRO PINILLA


         En la esquela (sin cruz, sin santos sacramentos recibidos), esta cita: “Por fin, aquel rincón de la tierra baska donde empezó TODO recibió un nombre: Getxo. (…) y la playa por la que se arrastraron aquellos 48 bichitos verdes, se llamó Arrigunaga”.

         Q.E.P.D.: Que En la Playa Descanse.


http://tourspaisvasco.com/wp-content/uploads/2015/08/13-Playa-de-Arrigunaga.jpg

Playa de Arrigunaga, Getxo. Agosto de 2015. Vista desde los acantilado de La Galea.

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BIBLIOGRAFÍA

PINILLA, RAMIRO. Cita “Cuatro horas…”. La Gaceta del Norte, 17-X-1971, última página. Crónica de Pedro Lozano Bartolozzi, que él mismo incluye en su recopilación de 2014, Retorno azul de reportajes vivos. Pamplona: Sahats, 2014, 219-223. “Ramiro Pinilla, finalista del Premio Planeta”. Para precisión de datos, me ayuda Gustavo Iduriaga, que tiene un blog dedicado a Pinilla:

http://getxoterritoriopinilla.blogspot.com.es/

PINILLA, RAMIRO (IV-1972), Seno. Barcelona: Planeta, 1972, 17, 18, 296, 297, 304. Posteriormente, los mismos ejemplares, descatalogados, aparecen en ediciones Libropueblo - Herriliburu, Getxo, con nuevas cubiertas que incluyen una aclaración:

“Este libro ha sido recuperado por LIBROPUEBLO para sus lectores”.

PINILLA, RAMIRO (IV-1978), La gran guerra de doña Toda. Getxo: Ediciones Libropueblo - Herriliburu, IV-1978 (1ª edición), XI-1979 (2ª edición). Cita “Que nadie…”.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Libropueblo…”. El País, “Libropueblo, una iniciativa cultural vasca para abaratar la cultura. El domingo venderá sus productos en Madrid”, 13-IV-1979. No figura el autor de la noticia. Habla con Pinilla y José Javier Rapha Bilbao; varias declaraciones, se las atribuye a ambos.

http://elpais.com/diario/1979/04/13/cultura/292802407_850215.html

PINILLA, RAMIRO, [Autobiografía breve]. Cita “Mi madre...”. Escrita en 1980. En Celia López Sáinz (IX-1981): 100 vascos de proyección universal originarios. Bilbao: Editorial La Gran Enciclopedia Vasca, IX-1981, 292-295

PINILLA, RAMIRO. Cita “La única…”. Contratapa de un libro de su taller de escritura: Mario Montenegro, El alba del amor y de la ira. Algorta (Getxo): Taller de Escritura Asociación de Vecinos “Batasuna”, 1982. El texto no lleva firma. Pinilla me confirmó que lo escribió él.

PINILLA, RAMIRO. Cita “He intentado que Huesos…”. Revista Bidebarrieta (Bilbao), nº 2, 1997, p. 375. Presentación de la novela Huesos.

http://bidebarrieta.com/includes/pdf/Ramiro%20Pinilla_20141201181857.pdf

PINILLA, RAMIRO. Cita “Ahora sé...”. I-2002. Esto me dijo año y medio después de preguntarle por qué y para qué escribe.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Es mi último…”. Nos lo dice en el taller de escritura, III-2002. Los datos del número de folios y de cómo los guardó, los dice María Bengoa Lapatza-Gortazar, su segunda mujer y última, en el capítulo “Ramiro Pinilla, el escritor que sabía escuchar”, en Mercedes Acillona López (coord.), Ramiro Pinilla: el mundo entero se llama Arrigunaga. Bilbao: Publicaciones de la Universidad de Deusto, noviembre de 2015, 11-14.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Humor…”. Prólogo en el libro de cuentos de Biktor Abad Agirre, Así no me vales. Donostia: Ttarttalo, IV-2004

PINILLA, RAMIRO. Cita “En esta novela...”. Entrevista de Begoña Ausin. Pérgola, Bilbao, nº 141, VI-2004, p. 2

http://www.bilbao.net/bld/bitstream/handle/123456789/1171/pergola02.pdf?sequence=1&rd=003123762472366413

PINILLA, RAMIRO. Cita “¡Recuerda, oh...”. Entrevista de Ernesto Maruri, 6-IX-2004. Transcribo de la versión completa, inédita. Se publica reducida en la revista La bolsa de pipas, Palma de Mallorca, XI-2004. Versión íntegra:

www.ernestomaruri.com/articulo.php?id=168&tipo=3&title=EntrevistaARamiroPinilla

PINILLA, RAMIRO. Cita “Cuando escribía Seno...”. Me lo dijo, riéndose. IX-2004.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Necesito Getxo...”. Entrevistado por Iñaki Esteban, El Correo - Territorios, 13-X-2004, 2-3.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Lo que obstruye...”. El País, 15-X-2004, 44

PINILLA, RAMIRO. Cita “Un folio...”. Deia, “5 escritores y sus musas: Cinco escritores nos muestran sus territorios de ficción”, 20-I-2005, 57-59. Reportaje y entrevistas de Ana Ramos.

PINILLA, RAMIRO. Cita “A mí me gusta pensar...”. El País, 22-V-2005, 41

PINILLA, RAMIRO. Cita “Ahí triunfan...”. El Cultural de El Mundo, 24-XI-2005, 8-10. Entrevista de Román Piña Valls.

www.elcultural.com/revista/letras/Ramiro-Pinilla/15944

PINILLA, RAMIRO. Cita “Yo...”. Quimera, nº 266, enero-2006, 48-57. Entrevistado por María Bengoa.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Ni el dinero...”. XL Semanal, nº 961, 26-III-2006, 36-40. Entrevistado por Enrique Murillo.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Acabaré La higuera...”. El Correo, 2-IV-2006, 92. Entrevista de Lucía Martínez Odriozola.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Quisiera haber…”. Dedicatoria manuscrita a María Bengoa en el ejemplar de Walden (Henry David Thoreau) de ella. Junio de 2006.

PINILLA, RAMIRO. Cita “El lenguaje, cuando...”. 9-XI-2006. Entrevista de Javier Celaya.

www.dosdoce.com/2006/11/09/ramiro-pinilla/

PINILLA, RAMIRO. Cita “La verdadera libertad…”. Magazine de El Mundo, nº 374, 26-XI-2006, 12-14. Entrevista de Elena Pita.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Yo nunca...”. Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera. Barcelona: Tusquets, X-2007. Prólogo del 15-IV-2007. Reedición revisada de ANTONIO B..., “EL ROJO”, ciudadano de tercera. España, España... Bilbao: Albia, 1977.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Para mí, la literatura…”. Entrevista de Javier Angulo en Walden, 18-XII-2007.

ww.youtube.com/watch?v=xzdib0LzJ8Q

PINILLA, RAMIRO. Cita “A los veinte...”. Entrevistado por Rosana Lakunza, revista On, nº 79, 28-III-2009, 4-6.

PINILLA, RAMIRO, Las ciegas hormigas. Barcelona: Tusquets, I-2010. Prólogo del 5-X-2009. Cita “¿Qué ha cambiado...”.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Las ciegas hormigas...”. Heraldo de Aragón, 27-I-2010. Entrevista de Antón Castro.

http://antoncastro.blogia.com/2010/012802-dialogos-ramiro-pinilla.php

PINILLA, RAMIRO. Cita “Cómo tenía tiempo...”. Presentación de la reedición de Las ciegas hormigas, en diálogo con Jon Bilbao en una librería de Getxo, 24-II-2010. www.latertuliadelagranja.com/?q=node/182

PINILLA, RAMIRO. Cita “Habían de transcurrir…”. El Correo, Bizkaia, 13-II-2011. Artículo: Otro verano de inocencia y libertad.

www.elcorreo.com/vizcaya/v/20110213/vizcaya/otro-verano-inocencia-libertad-20110213.html

PINILLA, RAMIRO. Cita “Los Baskardo...”. El Cultural de El Mundo, 13-V-2011, 8-11. Entrevista de Francisco Javier Irazoki.

www.elcultural.com/revista/letras/Ramiro-Pinilla/29180

PINILLA, RAMIRO. Cita “Cuando un fontanero...”. Entrevista de Estíbaliz San Sebastián, 31-XII-2011.

www.sigueleyendo.es/%C2%BFtienes-a-souto-menaya/

PINILLA, RAMIRO. Cita “Antes...”. Revista de Estudios, Madrid, nº 41, junio-2012. Entrevistado por Carmen Rivas. Revista de la Fundación 1º de Mayo de CCOO (Comisiones Obreras).

www.1mayo.ccoo.es/nova/files/1018/Revista41.pdf

PINILLA, RAMIRO. Cita “Si hay...”. En Valeri Miles (ed.), Mil bosques en una bellota. Barcelona: Duomo, junio de 2012, 39-40. Varios escritores escogen un fragmento de su obra: el predilecto o el que les supuso un momento de mayor creatividad, y dicen el por qué de su elección.

PINILLA, RAMIRO. Cita “Uno de los leit-motiv...”. Entrevistado por Enric González, Jot Down Cultural Magazine, VII-2012

www.jotdown.es/2012/07/ramiro-pinilla-y-enric-gonzalez-o-los-secretos-de-la-vida/

PINILLA, RAMIRO. Cita “Lo importante...”. Entrevista de Víctor Amela. La Vanguardia, Sección “La contra”, 8-XI-2012,

www.lavanguardia.com/lacontra/20121108/54354954084/la-contra-ramiro-pinilla.html

PINILLA, RAMIRO. Cita “Quiero que guste...”. El Cultural de El Mundo, 14-III-2013. Entrevista de Marta Caballero.

www.elcultural.com/noticias/letras/Ramiro-Pinilla-El-pueblo-vasco-tiene-animicamente-mucha-aversion-a-lo-de-fuera/4534

PINILLA, RAMIRO. Cita “Cuando se cumplen...”. Diario de Noticias (Navarra), 13-IX-2013. Entrevista de Ernesto Maruri: “Ramiro Pinilla, 90 años”.

www.ernestomaruri.com/articulo.php?id=167&tipo=3&title=RamiroPinillaCumple90Anos

PINILLA, RAMIRO. Cita “Yo escribo para mí…”. Entrevista de Vanessa Sánchez en la televisión vasca ETB-2, programa Entrada libre, 12-XII-2013.

www.youtube.com/watch?v=w_qF4GsQon4

PINILLA, RAMIRO. Cita “Ya escribía antes...”. El Correo, 6-VII-2014, 8-10

PINILLA, RAMIRO. Cita “Tengo salud…”. Última entrevista. La hace Jimena Larroque Aranguren en Walden, 3-IX-2014.

Un fragmento lo adelanta El País, 27-X-2014:

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/26/actualidad/1414337765_613562.html

Se publica íntegra en Gemfeed, 28-I-2015:

http://blog.gemfeed.com/ramiro-pinilla/

PINILLA, RAMIRO. Cita “Me han dicho...”. Blog de Lucía Martínez Odriozola, del taller de escritura de Pinilla, en el que participa desde sus inicios. Escribe el texto el jueves 23-X-2014, horas después de su muerte, recordando su visita el viernes 17 en el hospital de Cruces.

http://momodice.blogspot.com.es/2014/10/tuve-la-gran-suerte-de-que-ramiro.html

PINILLA, RAMIRO. Esquela. El Correo, 24-X-2014.

http://esquelas.elcorreo.com/bizkaia/getxo/fallecimiento/pinilla-garcia-ramiro/42158569

II-2016

Ernesto Maruri Psicólogo Clínico Pamplona Orientación Psicoanalítica