Ernesto Maruri Psicólogo Clínico Pamplona Orientación Psicoanalítica
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LA ESCRITURA COMO CAUSA DE DESEO EN GUSTAVO MARTÍN GARZO: UNA COMPILACIÓN
(2012)


Publicado en Análisis: Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León, nº 24, junio 2012, págs. 78-96. Monográfico dedicado al escritor (que ejerció como psicólogo clínico) Gustavo Martín Garzo. Su artículo “Nuestra pequeña mano” (El País, 16-IX-2007) provocó la idea del monográfico. Allí escribió: ¿Qué hemos hecho de la psicología? Aquella delicada ciencia que exploraba el alma humana y se preguntaba por el significado de nuestros sueños hoy día apenas es otra cosa que un conjunto de obviedades y recetarios apresurados. Atrás parecen haber quedado la insondable obra de Freud y su pregunta acerca de por qué nos perturban nuestros deseos, (...) El tema de las preguntas que por no plantearse conducen a la esterilidad y a la muerte del pensamiento es un tema muy repetido en el folklore, y me temo que algo así está empezando a pasar entre nosotros. (...) El hombre posee una asombrosa capacidad para observar el complejo discurrir de sus pensamientos, sentimientos, intuiciones, fantasías, recuerdos y deseos. Todos ellos constituyen un prodigioso mundo interior, sobre el que no hemos dejado de interrogarnos desde los albores de la humanidad, gracias al fabuloso misterio de la conciencia. (...)”.

 

       

El analizante (el paciente), cuando habla en sesión, está escribiendo con la lengua. El psicoanalista, cuando escucha, está leyendo lo inconsciente de ese texto oral, y va puntuando con sus intervenciones ese discurso.

El analizante es un escritor. El analista es su lector y puntuador.

El analista-lector no es un corrector de estilo. Toma las palabras del analizante tal cual son pronunciadas. No enmienda un lapsus sino que lo toma para explorar el deseo inconsciente que manifiesta.

El analista-puntuador no puntúa como examinador. Puntuar un discurso es poner una coma o un punto donde el analizante iba a seguir. Y entonces hacer una señalización, una pregunta, un silencio, un eco, una interpretación... El analizante queda en la cuerda floja de una manifestación de lo inconsciente, y si se presta, hará asociación libre. Puntuar también es hacer un cierre de sesión que pueda impulsar la apertura de lo inconsciente. En psiconálisis, lo llamamos hacer ‘escansiones’. Es un término procedente de la poesía: en métrica, la escansión es la medida de los versos. ‘Escandir’ es contar las sílabas de los versos.

Así pues, un tratamiento psicoanalítico es un acto literario sin teclado ni bolígrafo.

El analizante escribe su historia hablándola. La reescribe y se la apropia. Recupera la marca y las palabras de fragmentos borrados y tachados. Da lugar a lo que no sabe que sabe: lo inconsciente. Asume espacios en blanco, indecibles. Emerge el sujeto y su responsabilidad.

Y el analista es un lector flotante de lo inconsciente, un sujeto al que el analizantescritor supone que sabe de su deseo y de sus modalidades de ‘goce’. Un lectoranalista hace de su propio deseo el deseo del deseo que anima al analizante y se cuela en su escriturhablada.

 

         Un escritor (no un analizante en sesión) que crea su obra, también está concernido por su inconsciente, en mayor o menor apertura. Un escritor sabe lo que escribe pero no lo que dice (inconscientemente) en lo que escribe. Sabe lo que quiere escribir (la intención consciente) pero no sabe lo que desea decir en lo que escribe pues el deseo es inconsciente. Dice más de lo que escribe, y escribe más allá de su voluntad.

 

Escribe Paul Valéry (Cuadernos): La importancia de una obra para su autor está en razón de lo imprevisto que le aporta, de él a sí mismo, durante su fabricación. Con cambiar unas pocas palabras de esta cita, constatamos un parangón con el psicoanálisis: Un análisis posibilita que el analizante se abra a lo imprevisto, de él a sí mismo, en transferencia con el analista.

Un análisis no consiste tanto en expresar tu pensamiento como en encontrar lo que no esperabas de ti mismo. Tal frase no es más que una versión de otra cita de Paul Valéry (Cuadernos): El placer literario no consiste tanto en expresar tu pensamiento como en encontrar lo que no esperabas de ti mismo.

 

Gustavo Martín Garzo practica el tipo de escritura al que se refiere Valéry. También, la escritura de la que habla Orhan Pamuk (La maleta de mi padre, Discurso del Premio Nobel, 2006): Para mí, ser escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad.

         La escritura de Martín Garzo coincide con lo que dijo Joseph Conrad (El negro del “Narcissus”, prefacio): El artista (...) busca la verdad para sacarla a la luz. Un psicoanálisis también es un encuentro con las verdades de cada sujeto (y, por añadidura, con sus efectos de curación), a sabiendas (como en literatura) de que no se puede decir ni conocer toda la verdad. El escritor se desnuda vistiéndose con el ropaje de sus personajes y las peripecias de sus historias. El analizante se muestra tapándose con una red de palabras (un texto: un tejido simbólico que anudar a lo imaginario y a lo real). Entre los huecos de la malla, se cuelan las verdades de su deseo inconsciente, de sus modalidades de goce...

 

         Escribir procede del latín scríbere, de la raíz indoeuropea skreibh, emparentado con el griego skarifáomai: rayar un contorno. Scríbere en origen significaba grabar en piedra. Más tarde, en arcilla y en papiro. En inglés se dice write, que viene de writanan: romper, rayar, emparentado con reinen: romper, rasgar, en alemán moderno.

         Escribir es rayar: hendir, rajar o abrir un sólido sin dividirlo del todo. Es lo que practica Martín Garzo: hacer rendijas, escudriñar las que ha producido y las que ya existían, y contar tanto lo que ha visto como lo que ha imaginado que veía o que verá. El escritor como explorador y excavador de intersticios, de vacíos y huecos, de espacios y distancias.

Escribir no para deslumbrar, sino para alumbrar una parte de la oscuridad y llevarse esa llama. Escribir para explorar a tientas la otra parte de la oscuridad que no se puede iluminar.

Escribir en/con/por la falta. Martín Garzo incluso la subraya. También la representa en lo real del cuerpo, como en las novelas La princesa manca (1995) y en Y que se duerma el mar (Lumen, 2012).

 

         Las siete primeras páginas de Y que se duerma el mar (hasta la muerte del padre de la virgen María, cuando ella tiene seis meses) compendian las aguas abisales y efervescentes por las que discurre gran parte de la obra de Martín Garzo.

La virgen María nace faltándole la mano derecha. La madre la acepta sin rebelarse. El padre enloquece de dolor. Se culpa de la mutilación de la hija: es un castigo de Dios por sus pecados. Decide venderla, pero desiste porque cuando la toma en brazos a escondidas por las noches, sentía  un amor como no había conocido nunca, un amor dulce y salvaje a la vez, como si un incendio lo hubiera dejado sin casa y no le importara. (...) Su hija ya no le resultaba deforme o extraña, sino la criatura más hermosa que había contemplado jamás. Sólo la madre sabe de esas visitas nocturnas.

El padre hace penitencia orando, mortificándose, viviendo como un ermitaño en el jardín de su casa, casi no comiendo. Y yendo al encuentro nocturno con su hija. María, como todos los niños, llevaba con ella la promesa de la felicidad. (...) Había nacido mutilada, pero eso no la hacía diferente de los otros niños. ¿Acaso no estaban todos incompletos, no buscaban algo que nunca tenían del todo: su propia y esquiva verdad?

         Es la escritura de la falta, de la castración, de la incompletud, de la lógica del no todo, del deseo.

 

         Y de esta última novela hasta la fecha, retrocedamos a la primera: Luz no usada (1986). Ya aparecen los grandes temas: el amor y el odio, la locura, el deseo, la muerte y su pulsión, la maldad y la bondad, lo sexual, la animalidad del ser humano y la ‘cuasihumanidad’ de los animales, la culpa, la salvación, la pasión, el abandono, el cuerpo, la violencia, la sed de saber, la fusión complementaria y paradisíaca, el dolor y la dicha, la desesperación y la esperanza, la obsesión, lo imaginario y la realidad, la infancia y su intensidad, las mujeres y lo femenino...

         -Hay cosas en la vida que nunca podremos explicar -dice Poldo.

         -Sí, pero nada seríamos sin el anhelo de su comprensión -dice Baltasar. (Segunda parte, final del cap. 6)

 

         Martín Garzo no sólo escribe novelas y relatos, sino que también ha escrito sobre su propia escritura. Aquí presento una selección de sus palabras sobre la escritura, tomadas de su obra (incluyendo artículos) y de entrevistas.

 

 

0

 

¡Que escribir sea -me digo- como andar adelantado a uno mismo: soltar estela, sí, pero sin dónde, como lo hace la bengala en la noche! [En boca de Clemente Ortega, personaje de Luz no usada.]

 

1

 

Escribimos porque algo nos falta, movidos por un sentimiento de carencia, de privación, tratando de cubrir ese vacío insondable, de conseguir el retorno de todo lo perdido. (...) Porque todo escritor es como un amante abandonado, vejado por la ausencia de lo que anhela, y a nadie debe extrañar que el sentimiento del despecho sea central en él.

 

2

 

         Contar y escuchar historias nos hace sentir amparados.

 

3

 

         La literatura es una protesta contra las verdades crueles de la vida.

 

4

 

         Se empieza a escribir tratando de embelesar o de seducir a los demás: que se detengan y que te escuchen con ojos de asombro. (...) Esa sorpresa que causas en el lector es algo que tiene mucho que ver con la sorpresa amorosa. (...)

Todo el mundo, al tiempo de vivir, se está contando su propia vida. Pero no siempre se consigue elevar esa vida al nivel de una historia, organizarla. Eso es fuente de desdicha, pues es más difícil sobrellevar el dolor cuando todo resulta fragmentario y roto, cuando sientes el peso del absurdo de la vida, que cuando, por el contrario, te parece que el dolor responde a algo, que tiene un sentido que tal vez se revele en algún momento. Hay una frase que me gusta mucho de Faulkner en Las palmeras salvajes: “Entre la nada y la pena, elijo la pena”. Ésa es una elección fundamentalmente literaria. El que elige la pena, elige hablar de lo que le pasa. Escribir te devuelve al reino de la posibilidad, que es el reino de los amantes y de los niños. Me sorprende que no le dé a todo el mundo por hacerlo.

 

5

 

La literatura es hacer que todas las preguntas importantes vuelvan a vivir. No tienen respuesta. Su mundo es ese mundo de las preguntas que no tienen contestación.

 

6

 

Con la literatura se protesta del absurdo de la vida.

 

7

 

Para mí, el narrador es un transmisor. No es alguien que trata de expresar sus ideas, sino alguien al que esas ideas, al que esos personajes, al que esa historia le llega de pronto, y él simplemente se limita a escuchar y a transmitir eso que ha escuchado, a volver a contarlo. Es como si alguien, en un lugar que no sé dónde situar, a medio camino entre la realidad y los sueños, estuviera susurrando una historia que luego tú vienes al mundo real a contar. Ese es mi ideal del narrador. Otra cosa es que eso se pueda cumplir siempre. Por eso creo que es muy importante que el yo del narrador desaparezca, que no se haga presente de ninguna forma, que sea una especie de mensajero. Alguien que recoge un mensaje, una noticia, y la lleva de un lugar a otro. Un portavoz. (...)

Y eso es lo que le pasa al narrador, al novelista. En un momento determinado se encuentra con algo, con algo que le sorprende, con algo que se le impone, semejante a ese baño desnudo de la diosa [Diana, espiada una y otra vez por Acteón]. Da con un lugar donde algo se le ha revelado. (...)

Primero tienes que dar con el lugar. Y segundo, tienes que encontrar la manera de contar eso que llega a ese lugar. Y para ello, tienes que dejar que sea el lugar mismo el que te diga cómo debes encontrarlo. Cada lugar tiene una voz, y el escritor tiene que escuchar la voz de las cosas, la voz de las criaturas que hay en ese lugar, hacerla suya y transmitirla. Ahí interviene eso que llamamos el oficio. Porque, claro, se necesita haber dado con un lugar así, saber que ahí está sucediendo algo que es importante, haber encontrado la manera de referirte a ello. Pero ahora el escritor tiene que ser capaz de encontrar en sí mismo las palabras más fieles a esa manera. Ahí interviene ya el oficio. Y es lo que se puede aprender. Pero se aprende la forma de adaptarse a esa voz que viene dada de fuera, porque el escritor tiene que recogerla y ponerla en sus propias palabras. Y eso tiene una técnica. (...)

La única forma de aprender es poniéndote.

 

8

 

         Mi padre fue una de esas personas apacibles y generosas a las que nada o casi nada les salió bien en la vida. (...) Mi padre fue siempre, al menos desde que yo lo recuerdo, un hombre enfermo, agobiado por el peso y el fantasma de la muerte. Pero también un hombre que hizo de la enfermedad su refugio, la justificación de sus dejaciones. Sin que pueda decir qué dejaciones eran ésas, ni de qué se escondía, si es que se escondía de algo. (...)

         Siempre que pienso en mi padre, sobre todo en los últimos años de su vida, pienso en Kafka. En personajes como el Jinete del Cubo, el Artista del Hambre o el Artista del Trapecio. En esos protagonistas de sus breves relatos que se apartan, sin que nada nos expliqué por qué. Que hacen de ese apartamiento una especie de apuesta. Personajes que renuncian a vivir, pero que hacen de esa renuncia la prueba y la razón de otra cosa. (...)

         Mi padre portaba una herida que pertenecía al orden de lo real pero también al de lo simbólico. Una herida que casi siempre suele encubrir una culpa. (...)

         Y, sin embargo, aquel hombre que permanecía allí sentado, sin aspirar a nada, nunca renunció a su sueño de ser escritor. Había escrito poemas, algún relato y, sobre todo, siempre lo recuerdo con proyectos de libros que nunca llegaba a realizar. Era, además, una de esas personas que tienen el don maravilloso de hacerse escuchar por quienes le rodean. (...) Cuando mi padre empezaba a hablar todos le escuchaban boquiabiertos. Me he preguntado muchas veces en qué radica el poder que algunas personas tienen para hacerse escuchar por los demás. No creo que radique exactamente en lo que cuentan, sino en el hecho de estar infundiéndonos, al hacerlo, el sentimiento de que su propia vida está en juego en el acto de contar. Mi padre sabía infundir a lo que contaba esa honda expectación, la de una historia oculta, secreta, que nosotros teníamos que aprender a guardar y transmitir. Nunca se escuchaba mejor esa historia que cuando enfermaba. Es verdad que entonces su cuarto nos estaba vedado y que sólo abría la boca lo imprescindible. Pero, a cambio, en ese silencio, se escuchaba la historia más pura, la más luminosa, ingenua y cruel. La historia de aquella herida que tenía que llevar, y de la que no podía librarse. (...)

         Nunca ese silencio fue más terrible y hermoso que cuando tuvimos que hospitalizarle. (...) Una tarde en que yo estaba solo con él, de pronto me señaló la pared desnuda. Yo le pregunté qué quería decirme, y él se limitó a sonreírme, al tiempo que se ponía a hacer con su mano el gesto del que tiene una pluma y se dispone a escribir. En ese tiempo yo había empezado a publicar mis primeros artículos en el periódico local, y él los recortaba y guardaba celosamente en su cajón. Supe que con sus gestos me estaba pidiendo que ocupara su lugar en aquel sueño de ser escritor. (...)

         Creo que fue esa misma tarde cuando el médico ordenó una transfusión de sangre, y el donante fui yo. (...) Tuve la certeza de que aquella sangre le salvaría. Pero apenas unas horas después una embolia acabó con su vida. Siempre he pensado que fue a causa de aquella transfusión. Y no es, claro, que me sienta culpable de su muerte, pero sí profundamente decepcionado por no haber podido hacer nada para salvarle. Creo que uno de los grandes dramas de la vida es no poder librar del sufrimiento a los seres que amamos. Cuento esto porque ese mismo año fue cuando me puse a escribir de una forma sistemática, sin concederme ni un solo momento de respiro. Lo hacía en secreto, un mínimo de cuatro horas al día, y, aun así, mi primera novela [Luz no usada, publicada en 1986] no estuvo preparada hasta siete años después. Recuerdo que, en esa larga noche de mi aprendizaje de escritor, pensaba a menudo en mi padre, y volvía a verle en aquella cama de hospital, señalando con el dedo la pared desnuda. Animándome, en definitiva, a que me hiciera escritor.

         Supongo que una parte importante de la vida se nos va en cumplir el deseo de los otros. Existimos gracias a esos deseos que, al menos en su origen, no nos pertenecen. Hay una larga cadena, formada por todos los hombres, y los deseos pasan de unos a otros como lámparas que iluminan brevemente el discurrir de la vida.

         “Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido.

         Y acercarse al sentido restaura la experiencia.”

         Estos versos de Eliot, del segundo de los Cuartetos [East Coker], resumen lo que trato de decir. Creo que vivimos sin comprender casi nada de lo que nos pasa, y que sólo a través de las capas sucesivas de la memoria y de la imaginación podemos acercarnos al sentido y restaurar nuestra experiencia de las cosas.

 

9

 

EL QUE NO TIENE NADA

 

Pero también escribir es eso: enseñar las manos vacías.

 

10

 

Como escritor siempre me he sentido como alguien que espera delante del folio a que otro se ponga en su lugar. Lo apasionante de escribir me ha llegado en los pocos instantes donde uno es habitado por otro, (...) y de este modo empieza a poner sobre el papel la historia que le dictan. (...)

         El escritor no tiene conciencia de que toda su escritura está descarnadamente cuajada de las ideas centrales del psicoanálisis. Yo soy consciente de la gran carga simbólica que tiene mi novela Las historias de Marta y Fernando [1999], pero trato de que sea intuitiva, como sin darme cuenta, y creo que lo logro. Yo hice Psicología porque me encontré con Freud y me sedujo. Siempre he tenido una fascinación y un enorme respeto por la obra de Freud. Pero en un momento me di cuenta, a medida que asumía mi decisión de escribir, de que yo con el psicoanálisis no quería saber nada. Y no he vuelto a leer ni un solo texto, nunca, por el temor a que me contaminara, que me colonizara y me hiciera consciente de las cosas que yo no quiero ser consciente. (...)

         El escritor tiende puentes entre realidades que parecen desconectadas, haciendo surgir algo casi inventado. Pero él no lo está inventando: simplemente coge algo y lo lleva de un lugar a otro, modificando ese lugar del que lo toma y ese otro al que lo lleva. (...) El escritor no está inventando un lugar sino encontrando un acceso a un lugar preexistente. No inventa; encuentra accesos, resortes, se abre a espacios que antes estaban cerrados pero que existían allí, aguardando ese gesto de fortuna, de acierto. (...)

         Yo siento el tirón de los personajes, siento los personajes, me dejo llevar por ellos. A mí no me parece ficticio. No tanto viendo qué quieren hacer conmigo, como agazapado viendo qué hacen, adónde van, adónde me quieren llevar, de qué son portadores. Cuando alguien nos interesa es porque lo sentimos portador de algo que no sabemos lo que es. Algo que incluso puedes recibir con desazón o desgana, pero que una vez que lo recibes no te puedes desentender de ello. Por lo tanto, para mí el lugar de la literatura es también el lugar de la responsabilidad plena, y el lugar de lo irreparable, porque es donde sucede algo que no tiene vuelta de hoja, donde ya no puedes retroceder y de lo que tienes que hacerte cargo. El personaje literario siempre es alguien que carga algo (el jorobado es el personaje literario por excelencia) y que a veces le abruma, y por eso está muy cerca de la desfiguración. Porque cargar algo es sentir la amenaza de una desfiguración que comporta siempre la promesa de un cambio, de una metamorfosis. (...)

         Me gusta dejarme llevar por el acto mismo que escribir convoca. Es el lenguaje el que va marcando todo eso. Son las palabras las que arrastran todo eso detrás, pero... no son las palabras. No sabría definirlo. Son las palabras las que lo hacen aparecer, pero eso que aparece a la vez está en las palabras, y a la vez no está enteramente en ellas, no cabe en las palabras. (...)

         Un libro es como un sueño y está hecho de su misma sustancia.

 

11

 

         Cuando terminas un libro, tienes la sensación de que no has conseguido el libro que querías escribir, de que el verdadero libro siempre se está escapando de ti. Hay un intento, y ese intento, una vez que se concluye, te lleva al sentimiento de un fracaso. Y piensas: otra vez se me ha vuelto a escapar. O sea, que tengo que volver a intentarlo. Cada nuevo libro es tratar una vez más de alcanzar ese libro único, ese libro verdadero, ese libro absoluto, que sería el que te gustaría escribir, y que nunca vas a escribir, por cierto. Probablemente no se puede escribir. Nunca escribes el libro que quieres, sino el que puedes.

 

12

 

La vida es más amplia de lo que la razón puede abarcar. Y todo ese ámbito al que el discurso racional no llega, tratamos de explorarlo a través de la imaginación, que me parece una de las facultades de conocimiento más grandes que existen, y es básica en el escritor. Yo nunca parto de ideas a la hora de escribir, sino de una serie de imágenes, de personajes. Para mí la imaginación no es una evasión de la realidad, sino una posibilidad privilegiada de profundizar más en ella.

En el hombre hay siempre una disociación entre lo real y lo verdadero. (...) La verdad de lo que somos cada uno de nosotros (constituida por nuestros sueños y deseos) no cabe enteramente en lo real. Y necesitamos el mundo de la ficción para explorar el territorio oculto de lo verdadero. (...)

         La luz siempre va unida a la sombra. La vida de los hombres es una pura contradicción. Y la literatura no debe ayudar a superar las contradicciones, sino a hacernos tolerable la existencia en medio de esas contradicciones. (...) En definitiva, la vida no se puede entender.

 

13

 

El narrador debe dejarse llevar, vapulear o golpear por la historia que escribe. No eres nadie para decidir sobre ella. Es tu dueña, y tú, su esclavo.

 

14

 

         Creo que sólo se puede expresar el misterio de la existencia humana empezando a contar las historias donde el realismo naturalista termina. O dicho con otras palabras, que es preciso hablar más de lo que no comprendemos que de lo que comprendemos. Esto no quiere decir que me incline por una literatura donde lo sobrenatural, o lo fantástico, tengan carta de naturaleza. Me gusta esa literatura, pero mi verdadera búsqueda es la de un realismo extraño y violento, en el que pueda encontrarse desde la fusión entre los animales y los hombres hasta la de la realidad y el ensueño (...). Una literatura que me permita hablar de mis dos obsesiones básicas: la lucha contra el mal y la espera salvadora de la gracia.

 

15

 

         No creo que escribir sea muy distinto de soñar. Coleridge concibió un poema en el que un poeta se traía una rosa de uno de sus sueños, y eso es lo que tratan de hacer todos los escritores que existen: traerse cosas de los sueños. Escribir (soñar) no es sustituir el mundo que conocemos por otro más hecho a la medida de nuestros deseos o fantasías, sino hacer que esos deseos se hagan reales. No negar la realidad, sino volverla deseable.

         Si tuviera que elegir una figura que representara a los escritores elegiría a la joven esposa de Barba Azul. En el cuento de Charles Perrault, un poderoso señor se casa con una ingenua muchacha. Le ofrece todo cuanto pueda desear (...): la realidad entera. Pero le pone una condición: en el palacio hay una pequeña puerta que nunca debe abrir. No parece mucho, y tal vez lo sensato habría sido conformarse, pero la muchacha que, gracias a Dios, no es sensata, le roba la llave y abre el cuarto cerrado. Ese gesto funda la literatura. El escritor se comporta como esa muchacha. No es cierto que la literatura sirva para representar la realidad, sino para agrandarla. Que luego nos encontremos con una cuba llena de cuerpos despedazados son simples gajes del oficio. Lo que importa es entrar en ese cuarto y descubrir lo que guarda. Y sólo el anhelo de felicidad puede movernos a hacerlo. Quiero ser feliz, eso dice el escritor cada día cuando se pone manos a la obra; pero también el lector, cada vez que se dispone a leer de nuevo. Se lee y se escribe, en definitiva, no para aprender, o adquirir alguna forma de poder, sino para recibir algo. Algo que no sabemos lo que es. Buscando, en suma, la felicidad.

 

16

 

El amor, ¿se opone necesariamente a la verdad, la verdad de lo que somos, de lo que hemos llegado a ser hasta ese instante en que aparece ante nosotros? ¿Debe entrar en conflicto con ella? Lo deseable, claro, es que el amor y esa verdad vayan de la mano, pero hay muchas veces en que esto no es posible y entonces, como escribió el poeta inglés Auden, es el amor el que debe prevalecer. Creo que ésta es la apuesta de la literatura, ponerse de parte de ese amor que se queda solo, sin razones ni nombres. Por eso escribir libros es complicado. Sólo puede hacerse a partir de sucesos que han penetrado tan hondamente en nosotros que es raro que se sometan a instrumento tan impreciso y engañoso como son las palabras. (...) Los libros ponen en nuestras manos un corazón, y nos obligan a tenerlo por único alimento.

 

17

 

         Escribo tantas horas al día que hasta me avergüenza reconocerlo, a la vista del resultado. Lo hago sin descanso, sin perdonar fiestas o vacaciones, llevado por una obstinación que no entiendo, como si fuera una enfermedad. Digo una enfermedad porque siempre escribo desde la carencia, sintiendo que hay algo que me falta, algo que quiero tener y que no sé lo que es. Como un animal precioso que alcanzo a ver entre las ramas del bosque, y que siempre termina por burlarme. (…)

Fuimos seis varones, y no dejamos de jugar ni de inventarnos una locura tras otra durante toda nuestra infancia. Aunque ese hecho, que todos fuéramos chicos y no hubiera niñas a nuestro lado, haya sido uno de los traumas de mi vida. No estoy exagerando. Creo que todo lo que he escrito ha sido para acercarme a ese lugar donde las mujeres se entregan a sus sueños y se cuentan sus secretos.

 

18

 

Yo sabía que una de las tristezas de mi madre era no haber tenido una niña. Éramos seis hermanos, y yo el tercero. Y cuando yo vine al mundo y vio que también era un nuevo chico, se llevó una gran decepción. Lo sabía porque se lo había oído contar. Y aunque enseguida me dijera que no importaba y que el haberme tenido a mí le había compensado con creces, yo sabía que no era del todo cierto, y que en el fondo siempre deseó tener una niña. Una niña a la que poder vestir a su gusto, y, sobre todo, a la que hacer depositaria de sus cuitas y de sus anhelos más íntimos. En la que poder apoyarse y hablar de sus cosas, porque el mundo de los hombres y el de las mujeres estaban condenados a permanecer separados, y, por mucho que aquéllos y éstas se empeñaran, siempre habría entre ellos un abismo de incomprensión y dolor.

 

19

 

         Y ese mundo [de los sueños] sí tiene que ver con una idea altamente seductora, la de que las historias más decisivas no reflejan nuestra interioridad sino que son producto de un hallazgo. O dicho de otra forma, el novelista no inventa nada. Se limita a tomar algo que encuentra y a transportarlo de un lugar a otro. Se parece a un ladrón, un ladrón de sueños. Pero dicho ladrón es la contrafigura del sonámbulo. (...) Mientras el sonámbulo es traído y llevado por una voluntad ajena, de la que es mero juguete, el ladrón baja al sueño despierto y sabe encontrar el lugar donde se oculta lo que le interesa. Podríamos llamarle el soñador despierto, que es una metáfora del ser imaginativo. Y aquí debo hacer una pequeña digresión, pues el uso que habitualmente se hace de la palabra imaginación no me parece el correcto, dado que la imaginación, lejos de ser esa facultad que nos permite sustituir el mundo real por otro más hecho a la medida de nuestras necesidades y anhelos, no es sino la cualidad del que permanece despierto en el sueño. Es decir, la imaginación no nos aparta de las cosas, nos permite adentrarnos más profundamente en ellas, y tender puentes entre realidades que parecían irreconciliables: el mundo de los vivos y el de los muertos, el de los adultos y el de los niños, el de los hombres y [el de] las mujeres, el de los hombres y el de los animales. El mundo en que tales realidades opuestas se relacionan y solapan entre sí es el mundo del sueño.

 

20

 

El hilo azul es el hilo de la escritura. El rastro de la tinta sobre el papel blanco, tan semejante al hilo que se emplea para coser. Un hilo que antes que nada es memoria, memoria y promesa de una continuidad. Recuerdo la primera vez que lo tuve en mis manos. Pasó algo que no he olvidado. Yo debía de tener diez u once años, y en mi misma casa, dos pisos más arriba, vivía uno de mis amigos. Tenía un hermano tres o cuatro años menor, con el que me llevaba muy bien, pues era un niño muy imaginativo y dulce (...). Una tarde me abordó en el portal. Estaba muy excitado y hablaba atropelladamente, saltando sobre las palabras como por un campo lleno de obstáculos. La razón, que por fin, en el colegio, iba a escribir con tinta. En esos tiempos (...) todavía se seguía utilizando el palillero y el plumín. El momento de empezar a hacerlo era un momento único, que implicaba un cambio, el acceso a un nivel superior, pues los más pequeños sólo podían servirse del lapicero. (...) Sus padres acababan de comprarle el palillero y el plumín, y el niño los llevaba en su estuche. No he olvidado su cara al abordarme en el portal para enseñármelo, ni su ilusión por que llegara un momento que finalmente para él no llegaría nunca, pues ese mismo domingo un coche lo mató en la carretera.

         Creo que fue mi primera experiencia de la muerte. Y recuerdo que en lo primero que pensé al enterarme del terrible accidente fue en ese plumín y en que no lo podría estrenar. También que, en los días siguientes, al ver el tintero en mi pupitre, la tinta no me parecía la misma. No era ya ese elemento fastidioso del que había que servirse en las tareas escolares, siempre con el riesgo cierto de ir a emborronar el cuaderno, sino otro delicado y extraño que aún esperaba la visita de mi pequeño amigo. Y del que tenía que hacerme cargo. Como si alguien me estuviera diciendo que a partir de entonces yo sería el encargado de tenerla dispuesta para él, a sabiendas de que nunca la podría utilizar. ¿No la podría utilizar? (...)

         Creo que en lo más hondo de nuestra vida todos recibimos encargos así, la petición de ocuparnos de tareas que no comprendemos pero sin las cuales nuestra vida tal vez sería injustificable. En la mía, sin duda, uno de esos encargos ha sido ocuparme de ese niño muerto. De hecho, hace unos años, y cuando más me obstinaba en la redacción de mi primera novela [Luz no usada] (que fue un proceso largo, interminable, y a menudo desesperante), ese niño volvió a aparecer, esta vez en mis sueños. Recuerdo ese sueño con emocionada precisión. En él, yo estaba escribiendo, curiosamente, con uno de aquellos plumines (a pesar de que entonces me servía, en una especie de regresión no premeditada, del lapicero y de la goma de borrar), y al alzar los ojos le veía. Le veía con el mismo rostro que tenía en el portal al enseñarme su estuche. Iba a hablarle, a preguntarle lo que hacía allí, pero él se sentaba a mi lado, en una esquina de la mesa, y me pedía con gestos que siguiera escribiendo. Cada poco me detenía para mirarle. Permanecía con los ojos fijos en mi mano derecha, siguiendo el hilo de la escritura que iba trazando sobre el papel. Tenía que salir un momento y, al regresar, le veía hacer movimientos extraños, los gestos del que ha estado a punto de ser sorprendido y se repliega con precipitación a posturas menos comprometidas. Pero sus labios estaban manchados de tinta. “Se bebe la tinta”, pensé al momento, tratando de fingir que no me había dado cuenta. Aún pasó otra cosa. El tintero, por una de esas inversiones tan frecuentes en el mundo de los sueños, en vez de vaciarse según escribía, lo que a esas alturas me había puesto a hacer frenéticamente, estaba cada vez más lleno, como si escribir no fuera tanto consumir tinta como segregarla. Hacerlo, claro, para que luego mi pequeño huésped pudiera bebérsela. Porque se alimentaba sólo de tinta.

         Desde entonces, cuando escribo, no importa que sea en el ordenador, pues las letras son negras y en ellas late la memoria eterna de la tinta, pienso en ese sueño con frecuencia. En ese sueño y en mi vecinito abordándome en el portal. Y me parece que escribir es darle en secreto, a espaldas de todos, de comer. No tanto hacer algo yo como verle tomar el tintero y llevárselo deprisa a los labios para apurar lo que queda. Y contemplar luego en sus labios azules su sonrisa que regresa de la muerte.

 

21

 

El verdadero narrador nunca cuenta una historia, por muy terrible que sea, para sumir en la desolación a los que escuchan. Es un mediador. Se ofrece a su comunidad, como con tanta perspicacia nos ha explicado John Berger, no para aumentar su inquietud, sino para ayudarle a sobreponerse a las amenazas que la apremian o inquietan. (...)

         La esencia del narrador no es otra que aprender a ponerse en el lugar de los desaparecidos. Y en eso no cuenta la edad, ni el cansancio, puesto que hasta un muchacho o una muchacha si de verdad quieren ser escritores deben realizar antes o después tal doloroso aprendizaje. Es la raíz absoluta del arte, y el único misterio de todos los grandes narradores que existen: mirar con los ojos de los que ya no están, hablar con la voz de los que se alejan.

 

22

 

         Hay dos tipos de palabras, las que empleamos para hacernos entender por los demás, y las que pronunciamos en secreto, sin saber exactamente lo que queremos. Cuando un niño habla con sus juguetes habla con estas palabras, también cuando hablamos con un animal, o nos dirigimos a los muertos queridos. Así son las palabras del escritor, palabras que no sabemos para qué sirven ni de dónde vienen, como pasa con nuestros pensamientos cuando vamos en bicicleta.

 

23

 

La madre es un ser dividido entre su propia locura y su necesidad de ser responsable, y la literatura es un poco lo mismo. El escritor cuida su texto como la madre cuida a su hijo. (...)

         La voz de la literatura es la voz de la intimidad, la que tiene que ver con los secretos, y en ese sentido, enlaza con la íntima relación que establecen madres e hijos, semejante a un secreto ante el que sólo puedes guardar silencio. (...)

         Me tomo la literatura como un juego e intento sorprender al lector siempre y sorprenderme a mí mismo, intentar que cada libro sea diferente al anterior.

 

24

 

         El narrador trata de conseguir historias conmovedoras o hermosas. Como narrador, mi búsqueda es conseguir encontrar esa historia que no puede dejar de escucharse. (...)

         En mis novelas está muy presente el mundo de los anhelos y de los sueños, es decir, esa búsqueda de algo que se nos escapa. (...)

El tema amoroso es absolutamente central en mi obra, porque el amor es una experiencia absolutamente básica. Es una experiencia que nos desconcierta, que nos enfrenta a cuanto de desconocido hay en los demás y en nosotros mismos. La misión de la literatura también es enfrentarnos, introducirnos en ese vasto campo de lo desconocido. (...)

         Es muy importante que el narrador sea candoroso, pero también que sea perverso. El narrador por excelencia es un perverso con corazón bondadoso. No digo que yo lo sea, en absoluto. Pero sí es necesaria una dosis de perversidad, porque es lo que nos permite asomarnos a las cosas desde el otro lado, mirar desde el ojo de la cerradura, buscar esa mirada que habitualmente no es la que tenemos. Pero también es importante el candor, es decir, sentir la llamada de la ingenuidad. (...)

         Lo que me parece realmente misterioso en el mundo es la bondad. La maldad es algo obvio, tiene que ver con lo más primario, con lo más instintivo, con el egoísmo.

         Hay un poema maravilloso de Apollinaire que dice algo así: “La misión del poeta es explorar la bondad, esa comarca inmensa donde todo se calla”. Para mí, tratar de explorar esa comarca que es la bondad, me parece una de las misiones de la literatura. (...)

         En el fondo, todos los libros nos son encargados, incluso los más personales, los más íntimos. Uno los escribe porque hay una llamada, hay una petición de alguien que te dice que te pongas a hacerlo.

         Una de las acepciones de “encargar” es: “Encomendar algo al cuidado de alguien”. A mí esto me parece realmente precioso. Yo creo que la literatura es la voz del cuidado. Se escribe para cuidar, para preservar lo que amas, para preservarlo de la muerte, para tenerlo a resguardo, para cobijar lo que es esencial para ti. Cualquier libro es como el arca de Noé, donde se guarda lo esencial y aquello que no quieres que muera bajo ningún concepto.

 

25

 

         Un escritor nunca sabe por qué escribe los libros que escribe. Evidentemente para escribir un libro tienes que sentir la necesidad de hacerlo, pero esto no quiere decir que tú sepas por qué lo haces o qué es lo que estás haciendo. De pronto hay algo que ocupa un lugar central de tus pensamientos y que te obliga a ponerte a escribir. Si aquello funciona, comprendes que has descubierto una especie de lugar nuevo adonde ir y donde suceden cosas; quieres enterarte de cuanto sucede allí y por eso escribes. (...)

         Una de las funciones de la literatura es aportarnos consuelo, y es sobre todo llevarnos a lugares de vida. Las palabras de la literatura y de la poesía, no me canso de decirlo, en el fondo son portadoras de vida. Cuando yo escribo cualquier libro, y mucho más en este caso concreto [Y que se duerma el mar], lo que espero es que el lector se sienta vivificado al leerlo. Ésa es mi búsqueda esencial.


NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

0.-Luz no usada (1986). Barcelona: Debolsillo, 2002. Edición príncipe publicada en Valladolid por la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León en 1986.

1.-¿Por qué escribimos novelas? (1987). Cita recogida por Carlos Ortega en Gustavo Martín Garzo y Carlos Ortega (1999), Sobre “El lenguaje de las fuentes”. Santander: Límite, 1999

2.-Entrevistado por J.M. López, El Norte de Castilla, 27-X-1996

3.-Entrevistado por Ana Santiago, El Norte de Castilla, 8-XI-1994

4.-www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/garzo/entrevista02.htm

5.-www.diariodirecto.com/cha/gustavo.html

6.-Entrevistado por Javier Goñi, El País, 20-XI-1994

7.-Entrevistado por Joaquín Revuelta. En VV.AA., Escritores: Entrevistas. Barcelona: Grafein Ediciones, 2005. Entrevistas que aparecieron antes en la revista Escribir y publicar.

8.-El libro de los encargos (2003). Barcelona: Plaza y Janés - Areté, 2003. Recopilación de textos publicados anteriormente. “El enfermo tranquilo”.

9.-El cuarto de al lado (2007). Barcelona: Lumen, 2007. Apuntes que proceden casi en su totalidad de unos cuadernos escritos entre 1988 y 1991. “El que no tiene nada”.

10.-Diván el Terrible, nº 5, Madrid, 1999. Revista de divulgación del psicoanálisis. Entrevistado por Julio Martínez, periodista, y Manuel Espina, psicoanalista. http://divanelterrible.com/67/gustavo-martin-garzo/

11.-Ver nota 7

12.-ABC Blanco y Negro Cultural, 14-X-2000

13.-¿?

14.-El libro de los encargos, “Tres prólogos: El pequeño heredero”.

15.-El libro de los encargos, “El secreto del sueño”.

16.-El libro de los encargos, “Tres prólogos: La vida nueva”.

17.-La calle del paraíso (2006). Valladolid: El pasaje de las letras, 2006. Textos escritos por encargo entre 1991 y 2006. “Prólogo”.

18.- El libro de los encargos, “Contra los sueños”.

19.- El libro de los encargos, “Contra los sueños”.

20.-El hilo azul (2001). Madrid: Aguilar, 2001. “El hilo azul”. Reúne textos escritos entre 1991 y 2001. En portada, un subtítulo: La pasión de contar, el secreto placer de leer.

21.-El hilo azul, “La lealtad a las cosas”.

22.-Los viajes de la cigüeña (2008). Madrid: Imagine Ediciones, 2008. “La Virgen de la Soga”.

23.-El Mundo, 26-XII-2003. Rueda de prensa con motivo de la publicación de Pequeño manual de las madres del mundo (2003).

http://www.elmundo.es/elmundolibro/2003/12/22/protagonistas/1072121481.html

24.- Entrevista televisiva de Fernando Sánchez Dragó, Negro sobre blanco, TVE-2, 14-IV-2003

25.-Entrevistado por César Combarros, 22-III-2012.

http://leonoticias.com/frontend/leonoticias/Martin-Garzo--Ser-Hombre-Es-Estar-Incompleto-Seguir-Hacien-vn94551-vst280


2012

Ernesto Maruri Psicólogo Clínico Pamplona Orientación Psicoanalítica